
Empecemos por las virtudes: hay que reconocerle a esta muy agradable producción francesa tanto un elevado nivel de carisma para con el espectador como ingenio y amor por el cine en su propuesta formal, de ahí que haya conectado tan bien, y esta coincidencia suele ser cosa rara, y más tratándose de una producción europea, con crítica y público. Además, la técnica es impecable, los actores están, en su mayoría, espléndidos y la banda sonora, salvo algún episodio discutible a abordar dentro de unas líneas, es excelente. El asunto, por si alguien no se ha enterado, es que The Artist es una película muda (al menos, en el 99% de su metraje), en blanco y negro e historia ambientada en el Hollywood clásico, lo cual parece ser no estaba muy claro en la estrategia de promoción de la película, si tenemos en cuenta los penosos episodios que se han podido presenciar en multitud de cines españoles, con carteles explicativos en las taquillas de cara a evitar desbandadas del público al darse cuenta, oh, sorpresa, de que no habían entrado a ver la última patochada con Sarah Jessica Parker. Algo parecido ocurrió con El árbol de la vida, de Malick. Así nos va.
Empero, no resulta plato de buen gusto pero sí obligatorio matizar esas virtudes que hacen que The Artist sea una película simpática y agradable, o, si lo prefieren, bonita, pero nunca la obra maestra que nos quieren vender. En primer lugar, lo que hay que dejar claro es que el film no es exactamente cine mudo, sino más bien un homenaje o, si se prefiere, tributo a éste, imitando las formas del Hollywood silente en clara complicidad con el espectador. Dicho de otra forma, en The Artist es tan evidente el jugar-a-hacer-cine-mudo que el público, embelesado con este viaje artístico al pasado, se olvida de que le están contando una historia más vieja que las pesetas. Veamos: el guión sigue el ascenso y caída de George Valentin (Jean Dujardin, espléndido), una estrella del cine mudo de la década de los veinte que ve truncada su carrera con la llegada del sonido. Paralelamente a su caída se produce el ascenso fulgurante de Peppy Miller (Berénice Bejo), una joven actriz que ha comenzado como extra y acabará siendo una estrella de los primeros años del cine sonoro. La película, que por abarcar y homenajear géneros salta de la comedia musical al melodrama pasando por el serial de aventuras (en esos rodajes con Valentin en modo Douglas Fairbanks, bigotillo incluído), gira en torno al contraste en la relación profesional/romántica entre sus dos protagonistas, reduciendo al resto de secundarios del plantel, lamentablemente, a meros arquetipos: el productor de cine fumador de puros que acaba denostando a Valentin por quedar anclado en el pasado (John Goodman), la aburrida mujer florero del protagonista (Penelope Ann Miller) que le abandona cuando las cosas se tuercen o su fiel chófer y ayudante (James Cronwell), que sigue a su lado a pesar de estar completamente acabado para el cine y haber pasado de una mansión en Hollywood a vivir en una cochambrosa pensión angelina.

Resumiendo, se podría decir que el director Michel Hanazavicius ha conseguido realizar con encanto un pastiche de géneros y tópicos con el objetivo de rendir tributo al Hollywood clásico. De hecho, sus bases van más allá del cine mudo de los años veinte: ahí están los nada velados ecos de El crepúsculo de los dioses (Billy Wilder, 1950) o Cantando bajo la lluvia (Stanley Donen y Gene Kelly, 1952) así como la utilización, no exenta de polémica, en un momento clave de la película, de la partitura que Bernard Herrmann compuso para el Vértigo (1958) de Alfred Hitchcock. La impostura formal de The Artist (en cuanto a utilizar unos recursos para nada necesarios hoy en día, a modo de reconocimiento y homenaje) por más simpática que sea, crea una distancia con el espectador que hace prácticamente imposible conectar con los momentos dramáticos del film (los menos logrados) y sí que éste se divierta con los más desinhibidos y referenciales, especialmente, sobre todo para la cinefilia militante, aquellos que juegan con mostrar ese cine (mudo) dentro del cine, así como los episodios en los que el film juega a romper con las convenciones del silencio (ese minuto final). The Artist, ganadora de cinco Oscars batiendo a films como Los descendientes o La Invención de Hugo, no aporta nada a la historia del cine que no hayamos visto antes, pero la permanente sonrisa con la que la observamos reivindica su valía como inteligente juguete posmoderno.

Llevaba tiempo detrás de comentar este notable segundo largometraje del director gallego Rodrigo Cortés (tras su irregular pero interesante debut, Concursante, y que estrenará el próximo 2 de marzo la esperada Luces rojas, con Cillian Murphy, Sigourney Weaver y Robert De Niro), toda vez que si bien su resultado no me parece tan extraordinario como se pudo decir en su momento, si me parece una propuesta cuanto menos estimable, y más si tenemos en cuenta los niveles de calidad que nos viene ofreciendo el cine español en estas últimas dos décadas. Porque sí, pese al protagonismo del norteamericano Ryan Reynolds (cuya interpretación no sólo es excelente, sino que por momentos lleva completamente el peso de la propuesta, ¡Quién lo diría del protagonista de bodrios como Blade: Trinity, La proposición, o ¡Marchando!) y al guión, también de factura hollywoodiense, a cargo de Chris Sparling, y que estuvo durante mucho tiempo dando bandazos por los cajones de las majors estadounidenses, Buried es una producción netamente española que demuestra que es posible hacer en este país entretenimiento de género y cierta calidad sin necesidad de renunciar al por lo visto imprescindible (¡horror!) mensaje de denuncia intrínseco al relato.
Dicho esto, y conociendo la justita premisa (un contratista civil norteamericano que trabaja en Irak es secuestrado y enterrado vivo en alguna parte del país con un teléfono móvil y una linterna), lo más destacable de Buried (Enterrado) es la manera en la que Cortés aprovecha el reducidísimo espacio del que dispone para desarrollar un trabajado y minucioso ejercicio de estilo, de manera que su puesta en escena no resulta en ningún momento repetitiva pese a las fuertes (y autoimpuestas, claro está) limitaciones. Resulta encomiable salir formalmente bien parado de un proyecto tan aparentemente suicida como es el de elaborar un thriller de acción y suspense con un ataúd como único escenario, y es aquí donde entra la segunda gran virtud de Buried: el trabajo interpretativo de Reynolds, un auténtico tour de force físico y gestual que contribuye notablemente al buen resultado del film incluso en sus momentos menos logrados.

¿Cuáles son esos momentos? Como muy acertadamente argumentaba Tomás Fernández Valentí en su texto sobre Buried (Enterrado) hace algo más de un año (y que se puede leer en su extraordinario blog en este enlace, http://elcineseguntfv.blogspot.com/2010/10/formas-actuales-del-cine-espanol-1.html), al que suscribe le ha chirriado el hecho de que por momentos el guión busque fórmulas para nada sutiles de alargar el relato hasta completar el metraje de 93 minutos del que hace gala la pelicula. Dicho de otra forma: el guión de Sparling adolece de varios episodios de relleno cuya única razón de ser es saltar del medio al largometraje, como pueden ser el arbitrario incidente de la serpiente o las continuas conversaciones con los secuestradores o funcionarios norteamericanos, que si bien sirven para dejar claro que la cinta es una crítica hacia las formas deshumanizadas de la burocracia occidental, también pueden acabar diluyendo un poco el interés del espectador en este, por lo demás, interesante y curioso ejemplo de rara avis dentro de esa industria que con tanta frecuencia nos castiga las retinas.
Como todos los años por estas fechas, es el (divertido, no lo vamos a negar) momento de recopilar y recordar cuáles han sido las mejores películas nuevas que se han visto en 2011 en los cines españoles, aunque algunas hayan llegado a última hora, o, en el caso de 50/50,que no está en la lista pero es una película recomendable, aún no tengan fecha de estreno. Después de rebanarme un poco los sesos, y añadiendo también las tres propuestas que me han parecido, en líneas generales, sobrevaloradas (cuando no horrendas), mi lista quedaría de esta forma (de menos a más en preferencia):

10.La Piel que habito (Pedro Almodóvar)

9. X-Men: FirstClass (Mathew Vaughn)

8. La boda de mi mejor amiga (Paul Feig)

7. El Origen del planeta de los simios (Rupert Wyatt)

6. 13 asesinos (Takashi Miike)

5. Somewhere (Sofia Coppola)

4. Inside Job (Charles Ferguson)

3. Camino a la libertad (Peter Weir)

2. Cisne Negro (Darren Aronofsky)

1. Drive (Nicolas Winding Refn)
Sobrevaloradas:

3. Animal Kingdom (David Michôd)

2. Super 8 (J. J. Abrams)

1.127 horas (Danny Boyle)
¡Feliz Navidad y próspero año 2012 a todos!
Tiene usted mi más sincera enhorabuena si fue uno de los muchísimos espectadores o críticos que consideró que la mediocre (en continente y contenido) Bienvenidos a Zombieland era una ácida y fresca comedia de terror irreverente a la par que respetuosa con el subgénero al que homenajeaba. También si disfrutó con esos diálogos supuestamente mordaces e ingeniosos que al que suscribe sólo transmitieron inverosimilitud, de su formularia y desganada puesta en escena y los diversos guiños a blockbusters de otras décadas lamentablemente pasadas (cameo de Bill Murray incluído). Y se la doy por la sencilla razón de que Ruben Fleischer ha vuelto a dirigir una película exactamente igual a aquella, dejando la comedia en el sitio en el que estaba –puede que acentuándola y acercando el humor a los terrenos del (mal) absurdo- y cambiando el subgénero de terror zombie por la acción, concretamente ese tipo de policíaco de la década de los ochenta que tan poco se tomaba en serio a sí mismo. Las referencias son múltiples, desordenadas y a destiempo, y a pesar de que por los diálogos y situaciones del pésimo guión escrito por Michael Diliberti y Mathew Sullivan pasen los títulos, imágenes o personajes de cintas como Arma Letal, Jungla de Cristal o Le llaman Bodhi, el desarrollo de este dislate descerebrado lo acerca más al nivel de ciertos engendros que, pensaba un servidor, habían quedado encerrados en el baúl de lo peor del cine comercial de la década de los noventa.
La gracia no está en eso, sino en que el señor Fleischer (apoyado, una vez más, en la enésima representación del arquetipo nerd-en-apuros a cargo de Jesse Eisenberg) va de fresco, novedoso y posmoderno, y nos cuela en el paquete otro de sus cameos estrella (esta vez más largo y con el rostro de Fred Ward) y los grotescos chascarrillos del inefable Danny McBryde en el lote, por si no habíamos tenido suficiente con Caballeros, princesas y otras bestias. El resultado es prácticamente el mismo que en su debut, un perro de mil leches plenamente convencido de sus bondades, que bien podría estar filmado por una máquina diseñada para dirigir películas (los tipos de planos y movimientos de cámara se van sucediendo y repitiendo de una forma preocupantemente ordenada), cuyo guión no soporta una revisión mínimamente seria y en el que la memoria cinéfila del espectador (aunque sea la que concierne al blockbuster ochentero) es violada sistemáticamente. El ridículo metraje de 78 minutos créditos iniciales y finales incluidos –por más que nos acaben pesando como si fueran 140- es el principal indicativo de la profundidad de la propuesta. Otro botón de muestra: el personaje de Jesse Eisenberg está involucrado en una broma sobre Facebook. Ya saben, él hizo de Mark Zuckerberg en La red social. No me digan que no es para troncharse.
La espera ha terminado y este viernes 28 de octubre se estrena en las salas de nuestro país Las aventuras de Tintín, primera entrega de la adaptación al cine que Steven Spielberg y Peter Jackson están llevando a cabo del famosísimo tebeo/cómic/novela gráfica (táchese lo que proceda) del belga Hergé, y que ha sido rodada mediante el sistema de captura de movimiento de animación que tan famoso ha hecho el director Robert Zemeckis, con obras como Polar Express, Beofulf o Cuento de Navidad. La historia, un remix de tres de los álbumes de la colección, sigue al curioso e insaciable joven periodista Tintín (Jamie Bell) y su leal perro Milú cuando descubren que la maqueta de un barco contiene un secreto explosivo. Arrastrado por un misterio centenario, Tintín se encuentra en el punto de mira de Ivan Ivanovitch Sakharine (Daniel Craig), un diabólico villano que cree que Tintín ha robado un valioso tesoro vinculado a un cruel pirata llamado Rackham el Rojo. Pero con la ayuda de su perro Milú, el mordaz y cascarrabias capitán Haddock (Andy Serkis) y los torpes detectives Hernández y Fernández (Simon Pegg y Nick Frost), Tintín viajará por medio mundo, siempre yendo un paso por delante y siendo más astuto que sus enemigos en una persecución para hallar el lugar donde finalmente descansa “El Unicornio”, un navío hundido que puede contener la clave de una cuantiosa fortuna... y de una antigua maldición.
Esta primera parte, que ha sido dirigida por Steven Spielberg, y que constituye uno de los próximos estrenos más esperados por el gran público, se completará con una segunda parte realizada por el responsable de la trilogía de El Señor de los anillos, el neozelandés Peter Jackson. Spielberg contactó por primera vez con Hergé hace mucho tiempo, en el año 1983; y descubrió que el artista belga estaba verdaderamente entusiasmado con la idea de poner a su astuto personaje en manos del realizador. Pero lamentablemente, Hergé murió antes de que pudieran conocerse. Más tarde, su viuda, Fanny Rodwell, cumplió con sus deseos y le cedió los derechos al responsable de Tiburón, que se puso en contacto con Jackson para la producción y finalmente acabó cediéndole la dirección de la segunda entrega, independientemente del éxito que consiga ésta que nos ocupa, el cual está prácticamente garantizado, si tenemos en cuenta que las primeras críticas provenientes del Reino Unido hablan de ella como de una extraordinaria aventura.
La Semana de Cine Fantástico de Estepona llega a su duodécima edición con un interesante programa y cartelera plagada de novedades, especialmente en el terreno del horror y el suspense. La sección oficial del festival incluirá, además de los cortometrajes participantes en el certamen, la proyección de películas como Chromeskull, Laid to Rest II, de Robert Hall, secuela del slasher Laid to Rest, The Last Lovecraft, de Henry Saine, Malditos sean, de los argentinos Fabián Forte y Damián Rugna, El último fin de semana, del joven realizador español Norberto Ramos del Val (que presentará su película al público en persona), Carne cruda, de Tirso Calero (que también acudirá al evento, junto al protagonista Canco Rodríguez, visto en la serie Aída), Pájaros volando, de Néstor Montalbano, Mimesis, de Douglas Schulze, Amania, de Óscar Martínez (también prevista su presencia) y el plato fuerte del cartel, La sombra de los otros (Shelter) dirigida por los hermanos Marlin y Bjorn Stein y protagonizada por la siempre excelente Julianne Moore.
La visita estrella de esta edición correrá a cargo del actor norteamericano Kevin Sorbo, conocido gracias a su papel de Hércules tanto en la famosa serie de televisión como en las numerosas TV movies en las que ha encarnado a este personaje mitológico (Sorbo también ha protagonizado, entre otras, la serie Andrómeda y dos secuelas directas a dvd de Pisando Fuerte). El actor recibirá el Unicornio de Honor por parte de la organización del festival y protagonizará una serie de actividades con todos sus fans. Por su parte, el director español Miguel Ángel Vivas, responsable de Reflejos y la reciente (e interesante) Secuestrados, que también será proyectada, recibirá el Premio Especial del Jurado a manos una de las actrices más famosas del momento, Manuela Vellés, protagonista de ésta última y de series nacionales como Hispania. También se le hará entrega del premio ASFAAN a la prestigiosa actriz andaluza Ana Fernández (Solas, El corazón de la tierra), mientras que el premio Waldemar Daninsky irá a parar a las manos del legendario director Jesús Franco, que también acudirá a la presentación del libro Una cámara y libertad, conversaciones con Jesús Franco, junto a su autor Diego Canós. De Jesús Franco (o Jess Franco, como también firmó muchas de sus películas) el público asistente podrá ver Killer Barbys y Mari-Cookie y la Tarántula Asesina (sic).
Premios y novedades aparte, el eje temático de la Semana serán las invasiones alienígenas, con un ciclo de cine que incluirá las proyecciones de clásicos imprescindibles de la ciencia ficción de la década de los cincuenta como Vinieron del espacio exterior, de Jack Arnold, Invasores de Marte, de William Cameron, La invasión de los ladrones de cuerpos, de Don Siegel, y El ser del Planeta X, de Edgar G. Ulmer, además de la inauguración de las exposiciones El arte de Laura Wachter y Nos Invaden. En materia de lectura, se presentarán, además del mencionado de Diego Canós, Spanish Explotation, de Víctor Matellano, Space Invaders, de Pedro Mérida y Dkiller Panda y el cómic (o novela gráfica, como gusta decir ahora) Zombillenium 2, de Arthur de Pins. El abanico de actividades paralelas es amplio y variado, toda vez que también podrá el público disfrutar de la proyección del episodio piloto de la extraordinaria serie de la HBO Juego de Tronos, basada en la no menos famosa saga de libros de George R. R. Martin, así como de capítulos de las series protagonizadas por el invitado estrella, las mencionadas Hércules y Andrómeda; también se podrá ver el díptico de José Luis Alemán compuesto por La Herencia Valdemar y La sombra prohibida y el documental El hombre que vio llorar a Frankenstein, sobre la figura del malogrado actor y director Paul Naschy, problablemente, junto a Franco (Jesús, no Francisco), una de las figuras más importantes de la historia del fantástico español.
Para dar orden y sensatez a toda esta anárquica catarata de datos, proyecciones, presentaciones, premios y actividades, además de enteraros de otras cosas que seguramente me haya dejado en el tintero, nada mejor que pasaros por la web de la Semana, donde resolveréis todas las dudas que este infumable texto que me he cascado os haya podido dejar:
http://www.fantasticestepona.com/index.php
Hay que reconocer que no es fácil sentarse a ver una película como El perfecto anfitrión habiendo escarbado un poco previamente tanto en la trayectoria del film en cuestión como en los posteriores hechos (reconocimientos, críticas) surgidos a partir de él. La cosa se puso para echarse a temblar cuando el que suscribe advirtió el tufo a artefacto indie Made in Sundance (el por qué de que este festival siga aportando prestigio a los carteles de las películas que allí se estrenan se me escapa) que lleva consigo este extraño e irregular debut en el largometraje de Nick Tomnay, una especie de remix posmoderno (¡faltaría más!) que comienza a lo Tarantino, prosigue con una especie de revisión esquizofrénica del duelo entre Laurence Olivier y Michael Caine de La Huella (versión Mankiewicz, olvidemos la de Brannagh) se pasa a Polanski de copas con Haneke y acaba como el policiaco desgarbado y amorfo que, intuyo, siempre quiso haber sido, por más que (afortunadamente) al realizador le haya podido más su interés por los terrenos perturbadores y malsanos con un fuerte humor negro de muchos (demasiados) de sus referentes que abrazar terrenos más convencionales. Algo es algo.
Algo es algo porque, a pesar de sus innumerables e inverosímiles giros de guión y golpes bajos al espectador, El perfecto anfitrión ofrece al público algunos de los momentos más incómodos e inquietantes que se recuerdan en el cine norteamericano reciente sin recurrir a la brocha gorda ni al espectáculo de grand guignol (al menos, no mucho), momentos que se encuentran en el notable y amplio nudo de la historia y en los que Tomnay no cede a la tentación de recurrir a las maneras del teatro filmado para conducir la historia, sino que su cámara dota de personalidad propia una serie de secuencias en un sólo e increíble escenario, el de la casa propiedad del terrorífico personaje encarnado por David Hyde Pierce, cuya histérica interpretación confirma que, a veces, los actores con fama de bufones pueden llegar a convertirse en los villanos más inquietantes.
Es cierto, la verosimilitud de la historia (elemento que ahora, al parecer, todo el mundo tiene en cuenta. ¿Recuerdan lo verosímiles que eran los thrillers de Alfred Hitchcock?) queda reducida a cenizas apenas avanzada media hora de película. También cierto: el film maneja tantos referentes que acaba saltando de género en género casi con la misma frecuencia con la que el guión gira el volante. Lo más cierto de todo: por más que le siga encontrando pegas, lo cierto es que una semana después de haberla visto aún sigue este crítico recordando algunas de sus imágenes con un considerable nivel de desasosiego. Puede que sea bastante triste, pero eso me basta para considerarla una de las más interesantes películas de 2011.
Han pasado más de 10 años desde que el realizador canario Juan Carlos Fresnadillo estrenara Intacto, aquel interesante thriller de 2001 protagonizado por Leonardo Sbaraglia y Max Von Sydow que giraba en torno a los caprichos del azar y dio a conocer el nombre de su autor en todo el mercado cinematográfico mundial . Ahora, instalado en una situación privilegiada dentro del circuito internacional gracias a su trabajo en 28 semanas después, segunda entrega de la historia de zombis/infectados (que diferenciaría Enjuto Mojamuto) creada por Danny Boyle, Fresnadillo tiene a punto de estrenar Intruders, una de las películas más esperadas de la presente temporada en el terreno de lo fantástico. Con el fin de mantener el misterio, poco se ha podido saber por parte de los responsables de producción del argumento del film, aunque desde Universal Pictures, su distribuidora (el film es una coproducción entre España, Inglaterra y Estados Unidos) aportan una interesante (y breve) sinopsis de la propuesta: La historia sigue paralelamente a Juan (Izán Corchero) y Mia (Ella Purnell), dos niños que viven en España e Inglaterra respectivamente y que cada noche reciben la aterradora visita de un intruso sin rostro que pretende apoderarse de ellos. Las presencias se van haciendo más poderosas y comienzan a dominar sus vidas y las de sus familias. La inquietud y la tensión crecen cuando sus padres también son testigos de estas apariciones.
Intruders está protagonizada, además de por estos dos jóvenes intérpretes a cargo de los personajes principales, por el británico Clive Owen, quien no necesita presentación alguna a estas alturas, y Carice Van Houten (la increíble heroína de la espléndida El libro negro, de Paul Verhoeven) como los padres de Mia, y la española Pilar López de Ayala (Juana la loca) como la madre de Juan, además de contar con la presencia del actor hispano alemán Daniel Brühl (Malditos Bastardos) y una pequeña aparición del veterano Héctor Alterio (El hijo de la novia). Para Fresnadillo, el mayor reto de esta película ha sido el montaje: “Ha sido un proceso largo y complejo debido a la estructura dual de la historia. Dos familias, dos ciudades, dos amenazas”. El director español considera que hay una fuerte relación entre el miedo y la familia, y define su película como “una investigación personal sobre cómo nuestros temores más profundos tienen que ver con los miedos que heredamos de nuestras familias, y cómo dos culturas diferentes se enfrentan a estos oscuros miedos”.
Para llevar a la pantalla el inquietante guión de Nicolás Casariego (¿Tú qué harías por amor?) y Jaime Marqués (director de Ladrones), Fresnadillo ha contado con el director de fotografía de la celebrada (y sobrevalorada…) 127 horas, de Danny Boyle, el reputado Enrique Chediak. Además de suspense y sustos pero sin descuidar la reflexión acerca de la familia, Intruders promete un clímax con una gran sorpresa final que dejará al público de piedra. Habrá que esperar al próximo 7 de octubre para comprobarlo.
Con el eterno recuerdo de la ya lejana (y extraordinaria) comedia fantástica Atrapado en el tiempo (Harold Ramis, 1991) y unas gotitas de otras producciones más recientes como la interesante y subvalorada Dejà Vu (Tony Scott, 2006), Duncan Jones (sí, el hijo de David Bowie, por si alguien aún no se ha enterado) ejecuta su segunda película en unos términos mucho más acordes con el cine mainstream que su primera cinta, aquella Moon tan curiosa como extrañamente sobrevalorada por gran parte de la crítica. Al igual que ésta, Código Fuente no oculta su condición de pastiche genérico y referencial, con un pequeño relato que mezcla viajes en el tiempo con situaciones propias del actioner catastrofista de principios de los noventa e historia de amor insertada con calzador de por medio, pero lo hace a través de una puesta en escena mucho más concisa y un ritmo narrativo acorde a la premisa principal de la función, que apenas da para hora y media escasa. Suficiente para facturar un entretenimiento más que digno que, sin deparar sorpresas, entra en el saco de las cada vez más escasas producciones comerciales que no insultan la inteligencia del espectador (aunque tampoco sea de las que la cultivan).
Si Bill Murray repitió una y otra vez el archiconocido día de la marmota hasta conquistar el amor de Andie McDowell, cogiéndole la medida al continuo espacio-tiempo de manera que la puesta en escena de Harold Ramis giraba en torno a sus actos y expresiones ante una coyuntura que siempre se repetía, en Código Fuente es el eternamente melancólico Jake Gylenhaal (repitiendo viajes temporales, aunque no de la fascinante manera en la que lo hizo en la irrepetible Donnie Darko) el que debe descubrir al responsable de un atentado con bomba en un tren en un intervalo de tan sólo ocho minutos a explorar again and again… La idea es tan válida como carente de recorrido, por lo que los guionistas se inventan un artificioso romance camp (muy al estilo de la reciente y lamentable Destino Oculto) y añaden un par de diálogos y situaciones innecesarias y algún que otro giro de guión para llegar al metraje mínimo. Sin embargo, es la calculada e ingeniosa dirección de Duncan Jones la que sostiene a flote la propuesta sin que el público llegue a preguntarse por qué en demasiadas ocasiones. No sé si Jones calificaría su película como un mero ejercicio de estilo, pero son su pericia tras las cámaras y su endiablada agilidad narrativa las que mantienen el interés y camuflan de manera inteligente los numerosos contras de esta agradable tomadura de pelo.
Reflexión Inicial: El comediante perdido. En uno de los mejores episodios de la magistral serie de animación de Matt Groening, Futurama, el Doctor Zoidberg, personaje cuya eficacia cómica a caballo entre la escatología y el humor cubista roba prácticamente todas las secuencias en las que participa, intenta ayudar a su anciano tío, el exitoso cineasta de la época muda Harold Floyd (sic), a volver a recuperar su sitio en el mundo del cine mediante un proyecto completamente demencial cuyo resultado únicamente deja a la vista la incompetencia de este carcamal artístico y los que le rodean en los nuevos tiempos cinematográficos. Y lo hace, claro está, intentando mantener su estilo, aunque su pretendida nueva opus magna se trate de un drama político (“y los extras, por favor, hagan algo, muévanse, tírense alguna tarta a la cara”).
No es que Ivan Reitman tuviera lo que pudiéramos llamar un estilo, pero sí fue una de las cámaras más representativas de la comedia norteamericana de los ochenta, aquella que catapultó a la fama a toda una generación de cómicos, la mayoría procedentes de las primeras hornadas de la cantera del Saturday Night Live, encabezada por gente como Bill Murray, Dan Aykroid o Harold Ramis (a la postre, realizador de dos de las mejores comedias de la década de los noventa, Atrapado en el tiempo y Una terapia peligrosa). Tras alcanzar la cima comercial de su carrera con Cazafantasmas y haber atravesado los últimos diez años del siglo XX rodando mediocridades con más fama que gracia (revisen, unas navidades de éstas, Poli de Guardería y sabrán de lo que estoy hablando), Reitman ha estado intentando, con más voluntad que fortuna, volver a granjearse un cierto prestigio como director de comedias con motivos fantásticos (género, digámoslo ya, que murió prácticamente antes de nacer en los ochenta), facturando productos tan fallidos como Evolution o Mi super Ex novia, hasta acabar completamente diluido en la fábrica de merengues de la industria Hollywoodiense, dando lugar, y ya era hora de llegar a ella, a una comedia romántica tan conservadora, aburrida, plana e hipócrita como Sin compromiso. Y lo peor para Reitman no es que estemos ante otro ejemplo de bollería industrial para parejitas cortas de miras, sino que sus pobres imágenes podrían haber estado filmadas por cualquier otro “artesano” (glups) del pasteleo, llámese Garry Marshall, Andy Tennant o Donald Petrie, sin que se notara un ápice la diferencia.
Reflexión Intermedia: El síndrome del Oscar. Desde que ganara el Oscar por su soberbia interpretación en la excelente Cisne Negro, Natalie Portman ha estrenado El amor y otras cosas imposibles, Thor y Sin compromiso, cuyas recepciones críticas no han sido, desde luego, positivas, más bien todo lo contrario. A estas habría que añadirle una cuarta, Caballeros, princesas y otras bestias, pendiente de estreno en España, de la que lo más suave que se ha dicho en Estados Unidos es que es “Un zurullo radioactivo disfrazado de comedia de espada y brujería” (Ty Burr, Boston Globe). Como en otros casos similares (Halle Berry, Julia Roberts, no hablemos ya de Nicolas Cage), el nombre de la Portman junto a la coletilla “la ganadora del Oscar” en los pósters está haciendo furor entre las majors, que al parecer ofrecen cheques irrechazables que a la postre acabarán haciendo añicos la carrera de esta excelente actriz apenas se deje llevar por la resaca mediática de un premio, el suyo, curiosamente, conseguido gracias una obra tan poco complaciente con el establishment hollywoodiense como es la película de Darren Aronofsky.

Y, no se me entienda mal, no es que la Portman esté mal en Sin compromiso. Tampoco especialmente bien. La menuda actriz nacida en Israel hace lo que puede con un personaje apenas esbozado que nunca termina de desarrollarse en un contexto tan falso como previsible, rodeada de situaciones y personajes supuestamente novedosos en este tipo de productos que finalmente acaban derivando en los lugares comunes de siempre. Cumple en los momentos dramáticos, a pesar de que éstos no funcionen, y no tanto cuando tiene que dar rienda suelta a su sentido de la comicidad en instantes supuestamente hilarantes y/o marcianos (sí, la película pretende tenerlos): en ese último aspecto, su partenaire en la película, el insuficiente Ashton Kutcher, totalmente negado para el drama, demuestra tener más tablas que ella, por más que su superioridad se deba más a una cuestión de oficio y experiencia en este tipo de jardines que de talento propiamente dicho.
Reflexión Final: El mismo perro, ¿distinto collar?. Hay un momento en Sin compromiso en el que sus guionistas deciden dejar de esconder el plumero de una tacada, aquel en el que el personaje de Kevin Kline (clásico arquetipo del subgénero, supuestamente irreverente, que muchos se apresuran a calificar lo-mejor-de-la-película), padre excéntrico, mujeriego y aficionado a las drogas le dice a su hijo, el entrañable enamoradizo interpretado por Ashton Kutcher, algo así como “la diferencia entre tú y yo es que tú tienes corazón”. Esa sola secuencia dramática desmonta todo el chiringuito preparado por Reitman en la primera media hora de película, en la que el espectador asiste a un intento de anti-romanticismo en el que los dos personajes protagonistas mantienen una relación de puro sexo sin sentimientos de por medio.
Poco importa que los amigos del protagonista hablen de sexo sin parar, o que su padre mantenga una relación con su ex novia y lleve una vida poco apropiada para un hombre de su edad. De la misma forma que series como Sexo en Nueva York han volteado las formas de la comedia por y para mujeres para seguir manteniendo el mismo discurso de siempre (con ese machismo disfrazado de falso feminismo que tanto se estila ahora), Sin compromiso parte de una premisa, se reconoce, poco utilizada y en cierto modo original, la del fenómeno follamigo, pero su resolución deja muy claro que Hollywood aún no está preparado para llevar hasta las últimas consecuencias algo que en la vida real está a la orden del día.
Empieza a resultar cansina, además de preocupante, esa tendencia de cierta parte de la crítica cinematográfica a denostar nuevas películas provenientes de aquellos cineastas que, habiendo comenzado su andadura en el cine en circuitos independientes o géneros poco agradecidos, han alcanzado un considerable estatus de privilegio dentro de la maquinaria hollywoodiense. Realizadores como Sam Raimi, Bryan Singer o incluso Cripstopher Nolan (en menor medida) han visto reducido su prestigio en la medida en que iba aumentando el tamaño de las superproducciones que quedaban a su cargo.
Peter Jackson podría ser un perfecto integrante de este grupo de cineastas, a tenor de las desaforadas opiniones sobre su cine que se han podido leer y escuchar a raíz de su trabajo en la notable (y oscarizada) trilogía de los anillos y su fallido y megalómano, aunque para nada despreciable, remake de King Kong. En el caso del cineasta neozelandés, la polémica resulta, para el que suscribe, aún más incomprensible, toda vez que el cine de Jackson lleva exponiendo los mismos motivos e inquietudes, tanto formales como temáticas, desde que dirigiera su Opus Magna, esto es, Criaturas Celestiales. The Lovely Bones, película incómoda, irregular, imperfecta y extremadamente interesante, como el grueso de la filmografía de su director, no hace sino confirmar que estamos ante un cine de dualidades y contrastes, entre lo real y lo fantástico, lo terrenal y lo onírico, lo (melo) dramático y lo puramente genérico.
Sin embargo, no es ésa la sorpresa que reside en el film, sino el hecho de comprobar que, dentro de esa antagonía entre mundos que la cinta propone, por primera vez resultan mucho más acertadas las escenas que narran la vida terrenal, especialmente las que conciernen a ese monstruo atrapado en nuestro mundo encarnado de manera terrorífica por Stanley Tucci. Secuencias como las de la violación y asesinato (y el sensacional momento, puro fantastique, que la sucede) y la de la entrevista del Inspector de Policía con el asesino en casa de éste entran, desde este momento, entre lo mejor de lo mejor filmado por Jackson hasta el momento.
Claro que, tras la notable idea de partida y una vez acostumbrados al dual entramado narrativo propuesto, se descubren en The Lovely Bones errores importantes, casi todos de guión y ya presentes en el material literario original. Errores que privan al film de ser extraordinario (¡Como si películas así abundaran hoy en día!) y que, visto lo visto, reafirman en su postura a aquéllos que han perdido el respeto a este director. Los mismos que siguen reivindicando las bondades de su infumable y olvidada trilogía gore.
Debut en el cine de Borja Cobeaga (San Sebastián, 1977), tras aclamados cortos como “Éramos pocos” (nominado al Oscar en 2007) y “Limoncello”, “Pagafantas” es una corrosiva comedia, protagonizada por un excelente Gorka Otxoa, acerca de Chema, un pobre diablo que cree encontrar el amor de su vida en una chica que sólo le quiere como amigo…lo que da lugar a una serie de hilarantes situaciones en las que más de un espectador masculino advertirá haberse visto envuelto. Premio de la crítica y al mejor guión novel en el Festival de Málaga, la edición en dvd de una de las películas más vistas el año pasado en España cuenta con audiocomentarios tanto del director Cobeaga como del guionista Diego San José, un desternillante making off (incluyendo el cómo se hizo de la divertidísima secuencia del karaoke), un especial acerca de pagafantas en televisión, carteles del film alternativos y la consabida galería fotográfica. Una muy completa edición para una inusual y recomendable propuesta, habida cuenta del penoso estado del cine español actual.
Resulta demasiado sencillo unirse a la horda de críticos satisfechos con la última propuesta de Michael Haneke, “La cinta blanca” (Das weisse band, 2009), y hablar de ella como una brillante indagación en los orígenes del mal, la violencia, o, especialmente, el fascismo (más concretamente, el nacional-socialismo alemán), como hemos podido leer en numerosas reseñas tanto de medios europeos como norteamericanos. No obstante, no es ese, en mi opinión, el principal atractivo del film del realizador austriaco, toda vez que su filmografía está bien cubierta acerca de digresiones sobre el comportamiento humano, y, especialmente, la violencia que surge de él: desde “El video de Benny” (Benny´s Video, 1992) hasta la horrenda “Caché (escondido)” (Caché, 2005), pasando por las dos versiones de Funny Games (1997, 2007), Haneke ha ido articulando artefactos de tesis en los cuales, con más o menos acierto, el autor de “La Pianista” (La Pianiste, 2001) – para el que suscribe, su mejor obra- , ha dedicado reflexiones en torno a los temas mencionados, amén de otros – la (in) comunicación en las relaciones sociales, la influencia de éstas en la personalidad- por lo que no parece de recibo, al menos en primera instancia, volver a hacer hincapié una vez más en sus inquietudes temáticas, sino que, más bien, va siendo hora de debatir en torno a la manera en que traslada éstas a la pantalla.
En este sentido, “La cinta blanca” sorprende en tanto en cuanto se aleja de esa cierta búsqueda efectista del impacto que en algunos momentos empañaba alguna de las loables propuestas anteriores de su realizador. La historia sitúa al espectador en una baronía alemana en los meses previos a la I Guerra Mundial, en 1913, y es narrada en pasado por uno de los personajes centrales de la trama, el maestro (Christian Friedel), que desde el principio avisa al espectador en que puede que no todo ocurriera tal y cómo lo va a contar, ya que la memoria le falla. En una sociedad profundamente estamental y religiosa, aparentemente armónica, es un extraño acontecimiento violento el que origina un clima de desconfianza y violencia soterrada que va in crescendo conforme se van mostrando al espectador una serie de situaciones que, en este film, están muy por encima de los personajes. Es la forma en que Haneke plasma en imágenes cómo la vida cotidiana de los habitantes del pueblo deviene en esa atmósfera malsana de desconfianza, apoyado en la magistral fotografía en blanco y negro de Christian Berger, y cómo desarrolla un guión que pregunta pero no responde, sugiere pero no muestra, insinúa pero no explica, donde la película se eleva por encima de anteriores propuestas del director austriaco.
Ahora bien, ese ejercicio de minimalismo, tanto formal como temático, conlleva, como viene siendo habitual en el autor, un balance equilibrado de aciertos y errores, algo natural en la gran mayoría de películas que pretenden exponer una tesis de una manera u otra. De esta forma, se agradece que una gran parte de los acontecimientos violentos que se suceden en la aldea se (no) muestren fuera de campo o mediante elipsis ( a este respecto, señalar cómo Haneke resuelve la brutal agresión al hijo de la criada del doctor, aquejado de síndrome de Down, o el castigo físico del pastor a sus dos hijos, a uno de ellos a causa de masturbarse –sic-, por lo cual le pondrá en el brazo la consabida cinta blanca que da título al film), mientras que otras situaciones supuestamente tensas están filmadas de manera algo más convencional (el diálogo en plano/contraplano entre la hija del doctor y su hermano pequeño, muy decepcionante en su resolución, con el consabido recurso del plato roto como clímax de la discusión), cuando no directamente equivocada (la caída inicial del doctor en el caballo, por lo que supone, debería haber sido mostrada de una manera más cercana al espectador).
¿Debemos considerar, pues, que “La cinta blanca” es una parábola acerca de los orígenes del fascismo debido a simbolismos tan evidentes –y por qué no decirlo, pobres- como la dichosa cinta atada en el brazo de los críos, o que la historia tenga lugar en Alemania? ¿Por qué no añadir, entonces, que también se trata de una tesis sobre el terrorismo según su autor, toda vez que existe un grupo de niños que ejerce una violencia subversiva y otro de adultos que ejerce la violencia oficial, represora y causa a su vez de la primera? Hablar de una o dos motivaciones temáticas en una película de Haneke resulta absurdo y simplista, habida cuenta de que posee un catálogo de tópicos- dicho éste término sin sentido peyorativo- lo suficientemente amplio como para combinarlos y desarrollarlos en una sola obra o varias, como ha venido haciendo a lo largo de toda su carrera.
Así pues, la cinta de Haneke propone, reflexiona y se pregunta acerca de muchos temas, casi todos ya tocados en anteriores obras de su filmografía (no debería olvidarse la obsesión del realizador por el comportamiento infantil). Y como en ellas, lo hace de manera fría y distante (especialmente en lo que a la visualización de la violencia se refiere) pero también regala al espectador secuencias de indudable belleza y trasfondo emocional: episodios como el paseo en carro del maestro y la mujer a la que pretende o la conversación entre el pastor y su hijo pequeño tras la muerte del pájaro del primero están fuertemente marcadas por la humanidad y los sentimientos…Se puede achacar a “La cinta blanca” una marcada frialdad expositiva y una densidad que, en sus excesivas dos horas y media de metraje, puede acabar dispersando la mente de espectador, pero es de agradecer que Haneke, al menos en esta ocasión, le haya cambiado el chasis a la moto antes de intentar vendérnosla por enésima vez.
El que suscribe está empezando a sospechar que tiene un problema con la comedia francesa actual, ya que ha vuelto a experimentar con “El rey de la evasión” (Le roi de l'evasion, Alain Guiraudie, 2009) las mismas sensaciones negativas que hace un año con respecto a la incomprensiblemente aplaudida “Bienvenidos al norte” (Bienvenue chez les Ch'tis, Dany Boon, 2008), con la que la película de Guiraudie- por lo visto, el nuevo protegido de Godard (sic)- guarda bastantes puntos en común, entre ellos un fuerte carácter localista en la producción, el trazo grueso en la descripción de sus personajes secundarios y el look de postal de su puesta en escena.
La historia, presuntamente anticonvencional y subversiva, sigue a Armand (Ludovic Berthillol, en calzoncillos mucho más tiempo del deseable), un homosexual obeso de mediana edad que comienza una relación con la hija de su jefe, Corfy (Hafzia Herzi), de 16 años, tras salvarla de la agresión de unos gamberros. A partir de ahí comenzará una huida hacia ninguna parte de la pareja, acompañados parcialmente de una serie de pintorescos personajes secundarios, todos pretendidamente disfuncionales (y por supuesto, homosexuales). El humor absurdo no funciona, ni tan siquiera por acumulación (ver huir a un hombre gordo semidesnudo por un bosque puede tener su gracia la primera vez, a la sexta resulta pesado) y las escenas de sexo, de una considerable explicitud (aunque Guiraudie haga malabares para no caer en la pornografía), se antojan en su mayoría gratuitas o innecesarias con respecto a la trama, que nunca llega a explotar ese supuesto estado de rebeldía ante la situación establecida de su personaje protagonista.
Si Guiraudie pretendía realizar un film que rompiera con las convenciones y los lugares comunes, no se entiende que utilice un puñado de personajes homosexuales a cada cual más estereotipado, hambrientos de sexo con quien y donde sea. Puede que ver a un tipo gordo de mediana edad practicándole una felación a un hombre de 72 años o intentando sodomizar a una menor de edad pueda resultar subversivo para alguien, pero habría que comprobarlo en un contexto más consistente que el de esta absoluta nadería, la cual Guiraudie dice haber hecho con el objeto de ser una película “anti-Sarkozy”, para luego asegurar estar harto de que “los guapos vayan con los guapos, los homosexuales con los homosexuales y los heteros con los heteros” (sic). Los cimientos del Palacio del Elíseo aún deben estar tambaleándose.
1. Desmitificando al héroe. William Munny (Clint Eastwood) vive a duras penas en una penosa cabaña en Wyoming, donde se dedica a cuidar de sus hijos tras la muerte de su esposa. En el primer plano de la película, que también es el último, al espectador se le informa de una parte del turbulento pasado de Munny como asesino, hasta que éste contrajo matrimonio y consiguió dejar el alcohol y los asesinatos gracias a la nueva vida que consiguió junto a su mujer. Han pasado años e Eastwood comienza el film con una serie de secuencias en las que muestra la torpeza de su personaje en aspectos tanto de su vida cotidiana (separando los cerdos) como de su vida pasada (su dificultad para montar en el caballo, que achaca a una venganza de los animales hacia él por los malos tratos que les infligía en el pasado). El protagonista recibe la visita del joven Scofield Kid (James Woolvet), que le ofrece compartir la recompensa por matar a los dos agresores de una prostituta en el pueblo de Big Whiskey, protegidos bajo la tutela del Sheriff, el sanguinario Little Bill (inmenso Gene Hackman) acuerdo que, no sin dudas iniciales, Munny aceptará debido a su precaria situación económica. A ellos se les une Ned Logan (Morgan Freeman), antiguo compañero de barbaries de Will. Munny vive atormentado por su pasado, ha perdido su puntería y ha dejado de beber alcohol. Logan, por su parte, vive retirado con su esposa india en un rancho, acepta el trabajo por fidelidad a su viejo amigo y paulatinamente irá descubriendo que el paso del tiempo ha mermado su instinto asesino. Pero si la generación veterana de asesinos no pasa por su mejor momento, la juventud no se queda atrás: los dos antiguos asesinos pronto descubrirán que Scofield Kid no ha matado a nadie en su vida, y, además, tiene problemas graves de visión. Los pistoleros ya no son lo que eran, si es que algún día alcanzaron esa grandeza, e Eastwood se encarga de desmontar el arquetipo de tipo duro del Oeste que había representado durante innumerables ocasiones en su carrera como actor hasta representar a Munny como un cobarde, “asesino de mujeres y niños” (sic), que, en el momento en que la violencia y el pasado explotan definitivamente en el soberbio clímax final, no duda en disparar a hombres desarmados ni en rematar a los que ya han caído y no suponen ningún peligro.
2. Desmitificando la Historia. En el film de Eastwood, han pasado los tiempos épicos del salvaje oeste en los que los forajidos outlaw marcaban las reglas y la vida no valía nada. Ahora, la violencia, oficial en su mayoría, es la practicada por la ley, representada por Little Bill y su horda de colaboradores. Resulta capital, en este sentido, el episodio en el que Bob El Inglés, alias “El Duque” (Richard Harris), desprecia en una larga y tensa conversación el orden político y el carácter general de los Estados Unidos, salvaje, desordenado y violento, en comparación con el de la monarquía británica, para luego ser víctima de una brutal paliza por un representante de ese mismo orden al que estaba criticando…El hecho de que el guión incluya a un escritor de biografías heroicas de forajidos en la trama, primero acompañando a “El Duque” y finalmente obligado a escribir sobre el Little Bill, representa una de las ideas desmitificadoras más poderosas que ha dado la historia del cine: los tiempos de la épica y las hazañas han pasado a convertirse en material narrativo, la mayoría de éste falseado o exagerado por el propio cronista. Al final de la cinta, cuando la violencia áspera, dura, sórdida, ha llegado a su (aparente) fin, el escritor intenta acercarse a Munny con el fin de encontrar en él un nuevo héroe sobre el que relatar increíbles historias de forajidos, opción que Munny se encarga de desbaratar amenazándole de muerte. Eastwood deshace el Western como vehículo de patrocinio del American Way of Life, como artefacto para narrar grandes hazañas de la historia americana, y lo utiliza para hacer una radiografía tanto del pasado como del presente estadounidense, con sus valores pero sobre todo con sus múltiples penurias. No es nada nuevo en él, toda vez que hoy, 18 años después, el cineasta de San Francisco sigue realizando crónicas acerca de las grandezas y miserias de ese país al que ama y detesta a la vez.
3. Desmitificando el género. En su tercera acepción, la R.A.E define “crepúsculo” como “la fase declinante que pertenece al final de algo”. En este sentido, “Sin Perdón” es, definitivamente, y a sabiendas de que es un calificativo que se ha repetido hasta la saciedad, un Western crepuscular, que pretende (y para mí, consigue) dar carpetazo a una forma de entender y realizar el género, dotada de un innegable y hoy en día, salvo en ejemplos contados como Eastwood, desaparecido clasicismo. Por otro lado, este film va mucho más allá del Western en innumerables sentidos, revelándose como un retrato de una forma de vivir en sociedad que llegaba a su fin y nunca volvería, y a su vez una metáfora sobre la muerte de una determinada forma de concebir el cine, por más que en los primeros años de la década de 90 cineastas como Kevin Costner, Walter Hill o Lawrence Kasdan dedicaran propuestas puntuales (algunas para nada desdeñables) al género, sólo que de una manera completamente antitética a la propuesta por Eastwood, a mi entender. Pesimista y oscura, de una violencia para nada divertida, “Sin Perdón” respira durante todo su metraje una atmósfera soterrada de apocalipsis que afecta tanto a sus personajes como al género al que pertenece. Género del que, con ese mismo plano fijo con el que comenzaba la película, Eastwood firma su certificado de defunción.
Todos los años, por estas fechas, surge una película que acapara todos los elogios habidos y por haber, especialmente de la crítica norteamericana, y entra como una exhalación en las quinielas de los Oscars de los medios especializados, previo paso por los Globos de Oro (que son entregados, por cierto, por la Asociación de Periodistas Extranjeros de los Estados Unidos). El caso es que hace cinco años tuvimos que leer que la simpática “Entre Copas” (Sideways, Alexander Payne, 2004) era una obra maestra del cine, hace dos que la irritante “Juno” (Ídem, Jason Reitman, 2007) se erigía en la comedia dramática definitiva y el año pasado vimos que la mediocre “Slumdog Millionaire” (Ídem, Danny Boyle, 2008) se llevaba 8 premios de la academia a costa de una obra maestra absoluta como “El curioso caso de Benjamin Button” (The curious case of Benjamin Button, David Fincher, 2008) y de obras superiores tales como “El Luchador” (The Wrestler, Darren Aronofsky, 2008), por poner un par de ejemplos.
Este año parece que tenemos otro par de ellos. Sin embargo, y aunque me huela que “Precious” (Ídem, Lee Daniels, 2009) va ser otra de las que se unan al club de las sobrevaloradas, a falta de haberla visto voy a centrarme en “Up in The Air” (Ídem, Jason Reitman, 2009), una, lo digo ya, torpe, manipuladora, hipócrita y ultra conservadora comedia dramática en la que salen a flote todos los ramalazos moderno-reaccionarios de Reitman intuidos en “Juno”. Esta vez co-guionista, y sin la ayuda de Diablo Cody- lo cual hace pensar que quizás no fueron culpa de ésta los pegotes conservadores y pro-familia feliz de la cinta interpretada por Ellen Page- el hijo del mítico Ivan Reitman (director de la legendaria “Los Cazafantasmas”, 1984) pretende colar su discutible visión de la vida a través de una primera media hora supuestamente cínica, en la que un despreocupado George Clooney se recorre los Estados Unidos despidiendo a gente y convenciéndoles de que el paro será un giro positivo en sus vidas.. Este prometedor aunque nunca magistral inicio da paso a una especie de melodrama aleccionador en el que se colocan las dos bisagras sobre las que se sustenta el film: el personaje conciencia (Anna Kendrick) y el personaje trampa (Vera Farmiga), responsable de uno de los giros dramáticos más bochornosos y previsibles que el que suscribe se ha echado a la cara.
Por si el guión no fuera de lo más previsible, manipulador y tramposo (dejaré de lado su posición moral e ideológica, que al fin y al cabo es una opción respetable), Jason Reitman destapa todos sus defectos como narrador diluyendo el segundo acto y conviertiéndolo en un insoportable e interminable bache narrativo que desemboca en los hechos finales, por lo que no hay nunca una sensación de unidad dentro del film, sino una sucesión de secuencias de ecléctica diversidad tonal que no transmiten al espectador más que impaciencia por llegar a la (torpe e inconclusa) resolución final. Ni siquiera la esforzada interpretación de George Clooney (carne de Oscar, por supuesto) ni algunos acertados instantes de puesta en escena poseen la suficiente entidad como para sacar adelante la propuesta. Es lo que suele ocurrir con los cineastas encumbrados al nivel de genio tras un debut interesante (como el que supuso “Gracias por fumar”, que, a día de hoy, sigue siendo la mejor película de Reitman), que van aumentando en autocomplacencia y condescendencia con el espectador lo que reducen de talento y ganas de cambiar (algo) el cine. Puede que sea problema mío, toda vez que no dejo de leer artículos y críticas que encumbran “Up in The Air” al más alto de los cielos, pero si he de transmitir mis sensaciones de una manera coloquial, la tercera película de este señor me ha parecido mal narrada, falsa, manipuladora, condescendiente, pretenciosa y, lo que es peor, aburridísima. Un engendro en toda regla.
Decía el realizador Werner Herzog en una rueda de prensa que no había visto el “Teniente Corrupto” original (Bad Lieutenant, Abel Ferrara, 1992) y que desconocía la obra de su autor. Posteriormente, tal actitud fue matizada con una frase como “seguro que algún día hablaré con Ferrara de nuestras películas alrededor de una botella”, aunque siguió sin reconocer haber visionado la obra original, que da título a este falso remake, ya que poco más en común tienen estas dos cintas salvo detalles de guión aislados y alguna que otra secuencia de planteamiento similar.
Obviamente, Herzog sí ha visto la película de Ferrara, seguramente más de una vez, ni que sea para alejarse lo máximo posible de los planteamientos del realizador norteamericano. En la película original, el teniente drogadicto interpretado por Harvey Keitel buscaba la redención al intentar esclarecer el asesinato de una monja en una ciudad de Nueva York decrépita, sórdida y desoladora, al tiempo que sus problemas, tanto de deudas como de adicciones, iban haciendo mella en su capacidad para actuar con una cierta coherencia. La (a)moralidad humana, el carácter autodestructivo, la redención personal y el catolicismo, elementos presentes en toda la filmografía de Ferrara, eran las bases sobre las que se cimentaba el oscuro y extraño thriller original, harto interesante pero también algo irregular.
A Herzog no le interesa eso. Desde la perspectiva solipsista de un desquiciado Nicolas Cage, el director alemán deconstruye el material original y la idea estándar de thriller policíaco hasta alcanzar temas que van más acorde con sus inquietudes. La elección de una Nueva Orleans post Katrina no es casualidad: la fuerza de la naturaleza y la inferioridad del ser humano ante ella es una de las tónicas de su cine, como lo es la locura megalómana que por momentos alcanza el histrionismo de su teniente corrupto: Nicolas Cage es un policía drogadicto en Nueva Orleans que por momentos recuerda a cualquiera de los personajes interpretados por Klaus Kinski en cintas como “Cobra Verde” (Werner Herzog, 1987) o “Aguirre, la cólera de Dios” (Aguirre der Zorn Gottes, Werner Herzog, 1972), ni que sea por el desequilibrio paroxístico al que puede llegar su estado mental en circunstancias extremas. Señalar, a este respecto, la hilarante secuencia en la que el personaje de Cage interroga a la madre de un joven testigo…¡torturando a la anciana asmática de la que cuida!, o la cualquiera de las secuencias en las que el teniente alucina con iguanas y otros reptiles, tanto en vigilancias policiales como en situaciones extremas tales como un tiroteo en el que mueren sus acreedores, entre ellos un corredor de apuestas que se la tiene jurada (un descacharrante Brad Dourif).
Así, la obra de Herzog va diluyendo tanto la intriga policial como el drama personal de su protagonista (que incluye un disfuncional romance con la prostituta interpretada por Eva Mendes) hasta volver al status inicial de las cosas. En este sentido, esta nueva versión de “Teniente Corrupto” posee un carácter cíclico, como demuestra que se empiece y termine la película con secuencias similares: el ascenso de su protagonista, al comienzo a teniente, al final a capitán. A diferencia de la versión de Ferrara, al policía interpretado por Cage no le interesa redimir sus pecados, de la misma manera que Herzog no posee ninguna intención de realizar un trabajo de fidelidad al original, ni tan siquiera de realizar un policíaco serio. La hilaridad de los diálogos y situaciones (incluida alguna que otra fusilada, o quizá parodiada, de la versión de Ferrara) hace pensar en que quizá todo se trate de una broma de mal gusto hacia el espectador, al género y a la industria. Pero incluso en situaciones como esa la arrolladora personalidad del realizador alemán sale a relucir en cada minuto de metraje, siendo la inclasificable interpretación de Nicolas Cage un buen ejemplo de lo quiero decir.
No es que sea un tipo especialmente navideño (aunque reconozco que son unas vacaciones que tienen su cosa, al menos más disfrutables que la insoportable semana santa), de ahí esa imagen de una peli tan anti navideña (al menos en su planteamiento) como la divertida "Bad Santa". Un saludo a todos los (escasos) lectores de este blog y mi deseo de un feliz año 2010. Disfrutad consumiendo, fin último de nuestra existencia, que yo también lo haré. ¡Un abrazo!
P.S: Entre las promesas para el próximo año está la de darle algo más de vida a ésto, que sé que últimamente está un poco descuidado. A ver si también os animáis a comentar más que si no pierdo la motivación...
Si algo no le podemos pedir a Michael Moore, es sutilidad. Todos quienes hayan visto algunos de sus recientes documentales sabe que se sirve de formas basadas en el demagogia y el trazo grueso para llegar su mensaje al público. Puede que sea una postura respetable, pero resta credibilidad a la- normalmente en Moore, razonable-denuncia. Denunciar y manipular con visceralidad da más resultados que el rigor ante las masas, y Moore lo sabe. No obstante, somos algunos los que comenzamos a familiarizarnos con el “estilo Moore” en su debut en el largometraje, tras un par de pequeños documentales, curiosamente no en la realización documental, sino en su primera y única obra de ficción. “Operación Canadá” (Canadian bacon, 1995), una sátira con más de un punto en común tanto con sus posteriores documentales combativos con el neoconservadurismo norteamericano.
Presionado por el descontento del electorado y los fabricantes de armas, el presidente de los Estados Unidos (Alan Alda, lo mejor de la función) decide provocar una nueva guerra fría... ¡contra Canadá! Tras una intensa campaña mediática, los americanos no pierden el tiempo en rechazar todo lo que sea canadiense bajo la bandera del “patriotismo”. Pero el incompetente sheriff estadounidense Boomer ( John Candy,en uno de sus últimos papeles) y su ayudante Honey (Rhea Perlman) deciden tomar cartas en el asunto e iniciar un ataque preventivo, lo que provoca una serie de situaciones, algunas moderadamente divertidas, la mayoría fallidas y alguna que otra vergonzosa. La idea fracasa por culpa del humor grueso y las descripciones maniqueas de Moore, y ni siquiera los divertidos cameos de James Belushi y Dan Aykroid consiguen elevar el interés de la propuesta: una premisa parecida estaba mucho mejor desarrollada en la salvaje “South Park: más largo, más grande y sin cortes” (South Park - Bigger, Longer & Uncut, Trey Parker y Matt Stone, 1999), en la que los Estados Unidos declaraban la guerra a sus vecinos del norte a causa de una película canadiense soez y no apta para menores que cambiaba el vocabulario y las buenas costumbres de los jóvenes norteamericanos (sic).
Robert Leffingwell (Henry Fonda) es el candidato presidencial a la secretaría de Estado. Antes de ser aprobado en su cargo, debe superar una investigación del Senado para saber si es digno del puesto. Al frente del comité está el idealista Senador Brig Anderson (Don Murray), que pronto descubre un pasado de turbios manejos políticos, incluyendo la pertenencia de Leffingwell en el pasado a una organización comunista. Es la sinopsis básica (y quien no la haya visto, no necesita leer nada más) de “Tempestad sobre Washington”, absurdo título español de Advise and Consent (Otto Preminger, 1962). Basada en la novela homónima de Allen Dury ganadora del premio Pulitzer en 1960, “Tempestad sobre Washington” es un thriller político que ahonda en las entrañas del poder y remite, entre líneas, al espinoso asunto de la “caza de brujas” liderada por el senador McCarthy y su Comité de Vigilancia de Actividades Antiamericanas, en el que Preminger explota al máximo su capacidad de puesta en escena y la dirección de actores, con unos ajustadísimos y acertados diálogos y un notable equilibrio en el tratamiento de los (múltiples) personajes, algo siempre difícil de conseguir cuando se trata de una película coral. Pese a ello, el realizador mantiene una considerable distancia con respecto a los personajes, a los que no se juzga en casi ningún momento de la película. A destacar también la presencia de Charles Laughton, realizador de la famosa "La noche del cazador" (Night of the hunter, 1955), en el reparto.
Al mismo nivel de excelencia que “Tempestad sobre Washington”, producida dos años más tarde, se encuentra “Punto Límite” (Fail Safe, Sidney lumet, 1964), buen ejemplo de calidad del cine de política-ficción realizado en el contexto de la Guerra Fría. A causa de un error mecánico, un bombardero norteamericano se dirige a Moscú con la orden de atacar la ciudad con armamento atómico. El presidente de los Estados Unidos (Henry Fonda, en una de las mejores interpretaciones de la historia del cine) y un grupo de altos cargos militares, liderados por el General Black (Dan O´Helirhy), y asesorados por un civil experto en Relaciones Internacionales (Walter Matthau), intentarán solucionar el conflicto de manera desesperada, toda vez que, según el protocolo, el líder de los bombarderos debe ejecutar la orden que ha recibido de forma irreversible.
“Punto Límite” es una película de actores y, sobre todo, de puesta en escena. Resulta admirable como Lumet consigue mantener en tensión al espectador con un sentido asfixiante del encuadre, en el que cada primer plano, zoom o movimiento de cámara tiene un sentido narrativo para con el sólido guión. De absorbente minimalismo visual, la película se beneficia además de la portentosa exhibición de carácter de todos sus actores (quizá Walter Matthau sea el que menos cómodo se encuentra, toda vez que su personaje sufre de una ambigüedad que Lumet puede que no llegara a acertar a matizar), especialmente de un Henry Fonda cuyo trabajo sobrepasa la barrera de lo sublime. Hay críticos que achacan a tan acertada película, empero, una “cierta ambigüedad ideológica”, lo que no es óbice para que disfrutemos de uno de los finales más desoladores y, a su vez, coherentes, del género en toda la historia del séptimo arte. Mi película favorita de Sidney Lumet.
“Teléfono rojo ¿Volamos hacia Moscú?” (Dr Strangelove or: How I learned to Stop Worrying and Love the Bomb, Stanley Kubrick, 1964) es, ni más ni menos, el reverso cómico de “Punto Límite”, la otra cara de la moneda. A través de un planteamiento argumental similar, por no decir prácticamente idéntico (si bien en ésta ocasión, no es un fallo mecánico el que provoca la situación del conflicto, sino la locura de un general demente), Kubrick elabora una ácida- y, en ocasiones, desoladora, pero siempre divertida- comedia negra de política ficción. El director británico adapta en ella la novela “Red Alert”(Peter George, 1958), si bien el original literario poseía un tono completamente diferente al de la película, que opta por un matiz abiertamente más satírico y humorístico.
Amén de ese tono irónico impuesto por Kubrick, es la triple interpretación de Peter Sellers (como el presidente norteamericano, el siniestro Dr Strangelove y el capitán británico) la que eleva la propuesta a la categoría, sino de obra maestra, si de una de las mejores cintas de contenido político de la historia. Llena de referencias, diálogos sarcásticos y brillantes contrapuntos, que esconden una realidad mucho más terrible, “Teléfono rojo ¿Volamos hacia Moscú?” es, probablemente, la mejor sátira política y militar que ha dado el cine hasta el día de hoy, y su final, aparentemente disparatado, no es precisamente pobre en dosis de pesimismo, sin duda al nivel del que veíamos en la cara seria de la moneda, la ya comentada “Punto Límite”. Para el que suscribe, la mejor obra del sacralizado Kubrick, que, y ya me gustaría que fuera al contrario, nunca ha sido (ni, visto lo visto, será), un realizador santo de mi devoción.
En plena Guerra Fría, se sospecha que un enigmático general prepara un golpe de estado para derrocar al presidente de EE UU. Un golpe de estado que está previsto para dentro de siete días. En ese tiempo, el presidente deberá buscar pruebas para abortarlo. Es la premisa argumental de “Siete días de mayo” (Seven days in may, John Frankenheimer, 1964), otro ejemplo de política-ficción especulativa dirigida por un especialista en thrillers como Frankenheimer. Acaso algo ingenua y demagoga, especialmente en su resolución, la película cuenta entre sus virtudes un buen elenco de actores, entre los que destacan Burt Lancaster como el general sospechoso de querer dar un golpe de estado, a causa de su desacuerdo con la política de evitar la confrontación con la URSS que lleva el presidente (Fedric March), y Kirk Douglas como el coronel que se ve obligado a informar al Gobierno de las irregularidades que se han venido dando en su entorno militar hasta llegar a la conclusión de que ha estado siendo testigo del inicio de una conspiración para establecer un gobierno militar fascista en los Estados Unidos. Frankenheimer dota al conjunto de una agradecida y vigorosa solvencia narrativa, pero no puede evitar un final tan forzado como inverosímil, en el que se utiliza la denuncia a un posible fascismo golpista para realmente azotar al comunismo, ensalzando el guión la figura del presidente del polo capitalista como demócrata intachable mucho más de los recomendable si es verosimilitud política lo que se pretende transmitir.
Como es visible, 1964 fue un año rico en propuestas de cine político. Más alejada de la ficción política que las anteriores, pero igualmente reseñable, es “El Mejor Hombre” (The best man, Franklyn J. Shaffner, 1964), película clave para comprender el proceso de una carrera electoral hacia la presidencia de los Estados Unidos. Protagonizada, de nuevo, por un Henry Fonda en estado de gracia, la película enfrenta a dos candidatos, uno, de sólidos principios, pausado, intelectual, interpretado por Fonda; otro, anticomunista visceral, que no duda en jugar sucio para desprestigiar a su contrincante, interpretado por Cliff Robertson. La película desarrolla, acertadamente y a través de una puesta en escena concisa, aunque algo impersonal, al servicio del guión, la idea de liderazgo en la política, y reflexiona acerca de la vida privada y cotidiana de un candidato a la presidencia, como intentaría más de 30 años después Mike Nichols en clave satírica su muy tendenciosa, aunque no exenta de interés, “Primary Colors” (Ídem, 1998), sobre la cual puede que me anime a escribir en próximas ocasiones.
Si hay algún realizador que se ha empeñado en hacer una radiografía de la historia contemporánea norteamericana, ese es Oliver Stone. Visceral, meticuloso, en muchas ocasiones contradictorio, el cine de Stone puede resultar atractivo o detestable según que la ideología que comparta el espectador, como bien demuestran las airadas reacciones de la derecha hacia sus (relativamente) condescendientes documentales sobre Fidel Castro, o las acusaciones de reaccionario y pro-belicista que la izquierda voceó a raíz de su crónica sobre un par de bomberos del 11-S en la lastimosa “World Trade Center” (Ídem, 2006). Una cosa sí que es clara, cualquiera de las cintas de Stone, por muy reivindicativa que sea, está plasmada bajo un prisma común: la pertenencia a un colectivo. Ya sea para mostrar el durante y después de un conflicto tan traumático como el de Vietnam (“Platoon” no es, como se puede leer en alguna corriente crítica, una cinta antibelicista, sino una radiografía del pueblo americano con un puñado de militares como muestra de estudio), denunciar el capitalismo salvaje (“Wall Street”, 1987), o mostrar los entresijos del negocio del fútbol americano (“Un domingo cualquiera”, Any given Sunday, 1999), Stone siempre impregna sus propuestas norteamericanas bajo el prisma de la diversidad y grandeza de América.
“JFK, caso abierto” (JFK, 1991) es, probablemente, la película más compleja y elaborada de la carrera de Stone. Recreación del asesinato del presidente de los Estados Unidos John Fitzgerald Kennedy a raiz de las investigaciones del fiscal de Nueva Orleans Jim Garrison (Kevin Costner, en la mejor interpretación de su carrera). A efectos de la investigación oficial, el principal responsable del presunto asesinato del presidente Kennedy es Lee Harvey Oswald (Gary Oldman), detenido por varios agentes federales a la salida de un hotel. Sin embargo, Garrison mantiene el convencimiento que intervinieron más personas para cometer lo que él denomina un magnicidio sobre la persona del líder demócrata. A través de un abanico inabarcable de personajes, situaciones y giros en la trama, Stone se apoya en uno de los mejores de trabajo de montaje de la historia del cine para mostrar una minuciosa investigación del crimen de Dallas, con el objetivo, claro está, de realizar un retrato de la sociedad norteamericana.
El punto a favor de “JFK” con respecto a las dos obras que le siguen para formar la trilogía es el carácter contenido del pensamiento ideológico de Stone. El realizador neoyorquino aparca la visceralidad que le lleva a fracasar en alguna de sus propuestas para orquestar la propuesta en torno a uno de sus puntos fuertes (y que también será, a la postre, lo mejor de “Nixon”): el trabajo de documentación. En JFK, además de toda una serie de situaciones reales recreadas con una fidelidad paroxística, Stone nos ofrece una película casera que mostraba, por primera vez y con detalles, el asesinato de John Fitzgerald Kennedy.
Muchos piensan que “Nixon” (Ídem, 1996), es un biopic demasiado amable de uno de los presidentes más controvertidos de la historia de los Estados Unidos. Otros, que se trata de un ejercicio de vuelta a los lugares comunes de la filmografía de Stone (América, Vietnam) a través de la gestión y vida privada del fallecido presidente californiano. Los menos, entre los que me incluyo, aceptamos que se trata de una obra que retrata, criticando sus errores pero reconociendo sus méritos, el trabajo de un triste acomplejado que no se sintió feliz ni habiendo llegado a ser presidente de su país. Obsesionado con obtener el cariño de la gente, siempre negado, y empeñado en cerrar la situación de Vietnam “con honor” y establecer una relación de coexistencia pacífica con soviéticos y chinos. Pero desde sus primeros meses al frente de la nación norteamericana, la polémica envuelve al presidente electo debido a la fractura social creada por el continuo envío de tropas estadounidenses a Vietnam. Sin embargo, el acontecimiento que le llevó a su dimisión, junto a todo su equipo, fue el descubrimiento público del famoso caso “Watergate”.
Bastante más dispersa y efectista que “JFK” (aquí el uso de recursos visuales como la alternancia entre blanco y negro y color no tiene ningún sentido narrativo, sino que es utilizada por mero esteticismo, al igual que otros trucajes visuales), “Nixon” alcanza interés, de nuevo, gracias al excelente trabajo de documentación de Stone y su equipo, y a la interpretación de todos sus intérpretes secundarios (especialmente, James Woods y el malogrado J:T Walsh, así como un sensacional Paul Sorvino como Henry Kissinger). Anthony Hopkins, sin embargo, pese a componer una interpretación correcta y esforzada, realiza más una performance salida del Actor´s Studio que una imitación del personaje: resulta mucho más convincente, en este sentido, el trabajo de Frank Langella en la portentosa adaptación cinematográfica de la obra de teatro Frost/Nixon (Ídem, Ron Howard, 2008), sin duda una de las mejores interpretaciones de un (ex) presidente de la historia del cine.
Cuando se filtró que Stone preparaba un biopic sobre la figura de George W. Bush, de cara a estrenarlo antes de las elecciones que enfrentaron a John McCain y Barack Obama, mucha gente pensaría que el director cargaría las tintas de manera brutal sobre el que ha sido uno de los peores presidentes de la historia de los Estados Unidos.
Sorprendentemente, “W” (Ídem, 2008) es un demasiado amable y apresurado retrato de la primera legislatura del pequeño de los Bush, en el que no se ocultan las evidentes carencias y defectos del personaje en cuanto a gestor y político, pero sobre el cual se omiten varios detalles como el abuso de drogas (únicamente se hace referencia al alcohol, el cual Bush deja tras desvanecerse una mañana corriendo tras una noche de borrachera) y se hace demasiado hincapié en la obsesión religiosa del protagonista tras su rehabilitación, como si ésta, y no los intereses económicos, hubieran sido el motor de acción del presidente en sus años de mandato. Stone carga las tintas contra Donald Rumsfeld (correcto Richard Dreyfuss) y ensalza la figura de Colin Powell (Jeffrey Wright), contraste demasiado simplista para un documentalista de la categoría de Stone, por más que en la realidad la cosa fuera parecida.
Despojada de la gravedad de sus anteriores obras, más cercana a la sátira pero en casi todo momento inofensiva, “W” puede llegar a salvarse del abismo gracias a la magistral composición de Josh Brolin como el pequeño de los Bush. Sin embargo, “W” es una decepción que coquetea peligrosamente con el más convencional de los melodramas y se aleja del tono visceral, pero riguroso, de las propuestas anteriores.
No he visto "La ciencia del sueño" (The Science of Sleep, 2006), la anterior obra de Michel Gondry, pero soy un gran admirador de la espléndida "Olvidate de mí" (Eternal sunshine of the spotless mind, 2004), fruto de la colaboración entre el mencionado realizador francés y el sublime guionista Charlie Kauffman, por lo que me hice ciertas ilusiones (especialmente a nivel visual) tras conocer el argumento de esta "Rebobine, por favor" (Be kind rewind, 2008). En contra de todo pronóstico, Gondry se dedica simple y llanamente a realizar con habilidad una amable y en ocasiones descacharrante comedia que parte de una brillante premisa para acabar en una última media hora que no termina de sortear ciertas convenciones del conservadurismo cinematográfico (e ideológico) y el sentimentalismo más propio de los grandres blockbusters a los que pretende parodiar, criticar y homenajear al mismo tiempo, tarea que funciona únicamente en este último aspecto, especialmente en todo lo concerniente a la parodia/homenaje de/a "Los Cazafantasmas" (Ghostbusters, Ivan Reitman, 1984), ejemplo de película que, guste o no, forma parte del cine que nos hizo amar al Cine (con mayúsculas) a toda una generación de jóvenes espectadores.
P.D: Ardo en deseos de que se estrene "Enemigos Públicos", de Michael Mann, la semana que viene. Ya publicaré mi opinión, si bien he de concretar que no soy muy objetivo ante las obras del que probablemente sea mi realizador vivo favorito, junto con David Fincher.
Cuando me enteré de que el inefable Joseph McGinty Nichol, alias McG, iba a realizar la cuarta entrega de la serie Terminator (compuesta hasta entonces, recordemos, por las magistrales Terminator-1984-, Terminator 2:El Juicio Final-1991-, ambas de James Cameron, y la aceptable pero inferior Terminator 3: La Rebelión de las Máquinas-2003-, de Jonathan Mostow) la indignación se apoderó de mí, tanto que deseé con cierto morbo ver ya que iba hacer el realizador del infame díptico de “Los Ángeles de Charlie” con una de las sagas más importantes de la ciencia ficción contemporánea y cómo se iba a recuperar la Warner de semejante ridículo, a tenor de que el realizador hiciera la mitad de la mitad de la ridiculez que engendró con las dos películas protagonizadas-es un decir- por Cameron Díaz, Lucy Liu y la de los ojos de fuego que un día salió en “E.T: El Extraterrestre” (E.T., the Extraterrestrial, Steven Spielberg, 1982). Sin embargo, poco después, sorpresa, se confirmó al excelente, al menos hasta hoy, Christian Bale en el papel de John Connor, se filtraron detalles de la trama más que interesantes y me recomendaron una película de McG que demostraba que éste no era tan torpe detrás de una cámara: “Equipo Marshall” (We Are Marshall, 2006), que a día de hoy aún no he tenido oportunidad de ver.
Esto último, unido a la incorporación del actor galés al reparto, me dio ciertas esperanzas de poder disfrutar con esta cuarta entrega de la serie, pero la sensación que deja “Terminator: Salvation” es demasiado agridulce. Por un lado, McG demuestra que es capaz de orquestar espectaculares set pieces de acción y darle al relato una atmósfera apocalíptica que resulta de lo más convincente en el primer tercio del relato, sin duda el mejor de la función. Por otro, el guión, y sobre todo, las decenas de concesiones a la galería en las que caen tanto el realizador estadounidense como los guionistas alejan a la película, no ya de la saga original, de la que sólo conserva personajes y la famosa nota musical, sino de la simpática tercera entrega, que ya se encontraba muy lejos de las primeras películas a nivel cualitativo. No hay, por tanto, una sólida trama que nos haga preocuparnos en primer lugar de las visicitudes de la guerra entre las máquinas y la resistencia encabezada por John Connor (un aburridísimo Christian Bale) en un futuro y apocalíptico año 2018, ni siquiera la subtrama inicial del personaje de Marcus Wright (Sam Worthington) con el todavía joven padre de Connor, Kyle Reese (Anton Yeltchin), a priori lo más interesante del libreto, posee el suficiente peso dramático como para que el espectador vea algo más allá que un espídico carrusel de escenas de acción, pese a que algunas de ellas (veáse la secuencia bélica inicial, que comienza con un excelente plano de larga duración) sean bastante atractivas por separado.
Resulta frustrante, pues, que salvado el escollo más terrible, la dirección de McG, correcta y espectacular durante casi toda la película, sea el banal y superficial guión de Michael Ferris y John Brancato el que eche por tierra todas las posibilidades de que “Terminator: Salvation” sea algo más que una entretenida y correcta película de verano, mucho más cercana a los Transformers de Michael Bay que la obra de Cameron, y veáse si no ciertas secuencias que repiten lo peor de Bay: el momento en que John Connor arenga a todos los resistentes por radio es prácticamente idéntico al discurso del presidente de los Estados Unidos en “Armageddon” (Ídem, Michael Bay, 1998); las actitudes chulescas de algunos de los personajes, como el brazo derecho de Connor, atacando la base Skynet de noche con gafas de sol y sin ellas a la mañana siguiente a plena luz del día, y por supuesto ese ridículo final, que no desvelaré por respeto a quienes no lo hayáis visto, con un acto de sacrificio pretendidamente sentimental que únicamente transmite vergüenza ajena debido a su impostura y lo forzado de la situación. ¡Incluso algunas de las persecuciones están prácticamente planificadas, filmadas y montadas de una forma similar a las que Bay orquestó para “La Isla” (The Island, 2005)!, lo que da una idea del carácter de la propuesta. Claro que hay guiños simpáticos, como la aparición del T-800 con el rostro que todos conocemos, y su posterior pelea con Connor y Wright, pero incluso un detalle tan agradecido como éste resulta postizo una vez analizado el conjunto.
Así las cosas, “Terminator: Salvation” queda como una reformulación de la saga en clave grandilocuente muy en la línea de las últimas superproducciones veraniegas, un correcto blockbuster mal escrito pero mejor empaquetado que los asiduos a las multisalas devorarán y olvidarán con la misma rapidez, mientras los nostálgicos recordamos tiempos mejores disfrutando con la resurrección de Renny Harlin: no se pierdan Cleaner, ahora mismo en las salas.
He de decir que tenía pensado escribir este artículo de opinión en la sección "Tontunas de ayer y hoy", dado su carácter de crítica hacia los lamentables extremos ideológicos a los que llega la gente de a pie en este país, pero, y aunque no me falten ganas de echar más leña al fuego, voy a mostrarme respetuoso (en la medida de lo posible) con las partes implicadas tomándome algo más en serio el asunto en cuestión, que no es otro que la (irrespetuosa y maleducada) pitada al himno español en la pasada final de la Copa del Rey por parte de un porcentaje (gran porcentaje, la verdad) de las aficiones del FC Barcelona y del Athletic Club de Bilbao y las posteriores (desaforadas, incoherentes y demagogas) reacciones de un porcentaje de ese grupo de personas que se sintieron ofendidas ante tal "herejía" (vaya, parece que no voy a poder cumplir mi promesa del respeto).
Voy a decirlo claro desde el principio: no siento el más mínimo apego por himnos, banderas, estatuas y demás representaciones nacionales. Los únicos símbolos por los que siento algo son, irónicamente, deportivos, y tampoco es que vaya por ahí besando banderas del Atlético de Madrid (de hecho, no tengo ninguna). Me ocurre lo mismo con las creencias religiosas y fiestas del estilo de la semana santa de algunas zonas de mi tierra, Andalucía, donde una persona puede llegar a llorar si llueve y no se pega tres horas viendo pasar por una carretera cortada estatuas de la Virgen y Jesucristo, todas con la misma cara (personas, por cierto, que en su mayoría no sienten el más mínimo apego por Andalucía y sí un amor desorbitado por lo que ellos entienden como España, un todo innegociable en el que o eres sólo español o estás fuera). Ahora bien, cuando una mayoría de gente venera, siente o vive algo de determinada forma no te queda más remedio que respetar. Es un sintoma de poseer un mínimo de educación y respeto. Es la única manera de pretender que luego la gente te respete a tí. Es lo que se conoce como libertad, respetar y ser respetado, lo que es, se supone, algo implícito a la democracia.
Ocurre que si cualquiera de los que pitaba el otro día el himno fuera nacionalista de verdad (lo cual es totalmente respetable) no iría a animar al equipo de su país al, textualmente, "Campeonato de Copa de España de Su Majestad El Rey". No me creo ese nacionalismo de ultras de fondo de estadio, y mucho menos el de los que se van sumando a medida que van aumentando los litros de alcohol en la sangre (porque borracho en un campo de fútbol, si hay que pitar, se pita a Scarlett Johansson en pelotas con tal de que empiece el partido). Es una cuestión, simple y llana, de mala educación. La misma mala educación que tiene la afición de la selección española, única en el mundo que pita sistemáticamente el himno de todos los equipos rivales (contra Turquía en el Bernábeu hace un par de meses fue el último bochorno). La misma que provoca pitadas e insultos a ikurriñas y senyeras, símbolos también totalmente legales. Seguro que muchos de los indignados por la afrenta al himno español silbaron en su día el himno turco. Aquí sólo se respeta lo que uno cree. Aquí sólo se cree en lo que uno piensa. Y lo sabemos desde hace tiempo. Y se sabía lo que iba a ocurrir. Por eso se puso el himno a todo trapo (primera chapuza) y por eso TVE censuró el momento emitiendo una versión manipulada en la mesa de mezclas con imágenes de un hincha del Athletic con la mano en el corazón (sic, segunda chapuza), acabando todo con el despido del jefe de deportes de la cadena estatal, que ahora mismo debe estar en Las Bahamas con la millonaria indemnización que le habrán soltado por acabar como cabeza de turco de todo este embrollo (tercera chapuza), cuando todo el mundo sabe que la decisión vino de arriba, mucho más arriba. La pitada multitudinaria al himno español fue, para una mayoría entre la que no me incluyo, una tremenda ofensa. Pero, echando la vista atrás, otros eventos y otras ocasiones, bueno sería que nadie se rasgara las vestiduras.
He de reconocer que tengo gran estima por este realizador australiano nacido en Egipto, toda vez que todas sus propuestas anteriores me han parecido disfrutables (“Yo, Robot”, I Robot, 2004 – “Días de Garaje”, Garage days, 2002) cuando no espléndidas (“El Cuervo”, The Crow, 1994- Dark City, 1998). La razón por la que Proyas me parece un cineasta muy a tener en cuenta en el circuito mainstream es su camaleónica capacidad para adaptarse a cada obra que acomete, ya sea para ponerse gótico (“El Cuervo”) o para revisar en clave blockbuster la obra de Isaac Asimov (“Yo Robot”). Pero a lo que vamos: “Señales del Futuro” es, sobre el papel, otra de las tonterías con las que las majors nos están castigando las retinas con Nicolas Cage como cabeza de cartel. Y seguramente, con otro realizador al frente (pienso en Jon Turtletaub o Lee Tamahori), esta película hubiera sido, hablando mal y rápido, una basura, puesto que nadie en su sano juicio tendría a bien adquirir esperanzas de ver algo decente con un hilarante cóctel Sci Fi que empieza como una intriga sobrenatural (Shyamalan), se desarrolla en plan nuevo cine de catástrofes (Petersen-Emmerich) y acaba rindiendo homenaje, entre otras, a la imprescindible “Encuentros en la Tercera Fase” (Close Encounters of the Third Kind, Steven Spielberg, 1977). Y todo eso apoyado en un cast de lo más mediocre (a pesar de tener un par de buenos momentos- ver cuando está dando clase y diferencia el relativismo del determinismo –Nicolas Cage sigue perdido, muy perdido para la causa). Pero hete aquí que Proyas se las ingenia para crear una atmósfera de lo más inquietante y sugerente, huyendo de efectismos, creando secuencias de suspense más que logradas e inquietantes. Eso en el primer tercio de película. En el segundo acto, hay que ponerse espectacular, y Proyas da la talla.
Vaya que si la da. Lo demuestra el excelente plano secuencia con el que visualiza el espectacular accidente de avión y los posteriores y desesperados intentos de John (Nicolas Cage) por ayudar a las víctimas, por no mencionar la secuencia del metro, muy bien planificada y filmada, tanto que al espectador llegue a darle la sensación de correr un cierto peligro, gracias a una serie de planos que muestran al vagón estrellándose contra la gente en primera persona, como si fuera un personaje más…y otra vez, el héroe cansado, sabedor de que el sus esfuerzos están destinados irremediablemente al fracaso, intenta sin éxito evitar la masacre…
Lo que hace interesante a una película como “Señales del Futuro” es su condición de rebelde dentro de los cánones establecidos en el cine para las masas (amén, claro está, de la ejemplar puesta en escena de Proyas). La cinta demuestra que se puede ser comercial y para nada complaciente con el público, como demuestra un sorprendente, incómodo y rompedor final, sorprendentemente (o no) lo que menos ha gustado a la crítica, cuando en mi opinión se trata de la guinda a una propuesta que puede ser tachada de muchas cosas, pero no de convencional. Puede que la película se resienta de algunos errores de guión y de una cierta irregularidad a la hora de combinar géneros, pero “Señales del Futuro” es una auténtica rareza en el cine comercial hollywoodiense de hoy.
Como he puesto en el titular, probablemente estemos ante la peor adaptación de un cómic (novela gráfica, como gusta decir ahora) a la gran pantalla de la historia del cine. De hecho, probablemente estemos ante una de las peores películas de la historia del cine. Es difícil incluso criticar algo así en serio, puesto que uno se ve completamente desbordado ante la catarata de despropósitos en la que Frank Miller (sí, el creador de las novelas gráficas que dieron pie a Sin City- que codirigió junto a Robert Rodríguez- y 300) ha convertido la película basada en el mítico personaje enmascarado de Will Eisner. He de decir que no conozco en profundidad su obra, pero según lo que he leído, y lo que me comentan fans, lo que ha hecho Miller se parece tanto al espíritu del cómic como un huevo a una castaña. De cualquier modo, y aunque se tratara de un trabajo de fidelidad absoluta a la obra de Eisner- cosa que, repito, desconozco- The Spirit es tan aburrida y torpe y está tan mal realizada e interpretada que uno se acaba preguntando si realmente lo que Miller ha querido hacer es hundir a propósito el recuerdo del legendario detective de las viñetas.
Pero parece que no, que es una cuestión pura de incapacidad. Y de que Miller confunde el tiempo narrativo de un cómic con el de una película, lo que explica el ridículo estatismo farragoso del montaje y el amaneramiento histriónico de la mayoría de sus personajes. Como ya ocurriera en Sin City (que, sin ser ninguna maravilla, es una obra maestra al lado de esta bazofia), la cinta utiliza el tan de moda sistema de las pantallas verdes para crear digitalmente el universo de Eisner. Eso es todo en lo que se va a parecer The Spirit a las adaptaciones antes mencionadas, ya que, al menos, en la cinta de Rodríguez la historia guardaba una cierta coherencia y el ritmo y la dirección del director tejano le daban, al menos, carácter de obra basada en un cómic (lo cual nos demuestra que, aunque más mal que bien, Rodríguez sabe hacer cine, no así Frank Miller, al menos de momento).
A la incapacidad de Miller para realizar un producto digno hemos de sumar la ridiculez del guión y, sobre todo, del reparto. El libreto firmado por el propio realizador es una sucesión de patéticos sketches en los que vemos al supuesto héroe (Gabriel Match, soso hasta el dolor) lidiando con los acartonados personajes secundarios que le rodean, ya sean el lamentable villano Octopus (Samuel L. Jackson, montando el show) y sus clónicos secuaces, cualquiera de las vacías y falsas femmes fatale que rondan por ahí, algunas sin ningún sentido (Scarlett Johansson, Eva Mendes y una fugaz Paz Vega, espantosas las tres) o el jefe de policía y su hija (Sarah Poulson), que por supuesto bebe los vientos por el protagonista.
Hay tantos momentos vergonzosos (Octopus y sus secuaces rodeados, sin venir a cuento, de parafernalia nazi, Octopus y sus secuaces creando un pie con cara [sic] y matándolo, Octopus y sus secuaces vestidos de japoneses, y algunos de ellos haciéndose el hara kiri entre risas…), tantas frases absurdas (“Disparas disparates”, “Voy a matarte de todas las formas posibles”, son algunas de las lindezas que salen de la boca de Spirit hacia Octopus, mientras que Octopus nos regala maravillas como “no me gustan que me tiren huevos”) y tantos insertos de humor infantil y fallido (Spirit recomendando a los niños lavarse los dientes ante las cámaras) que es imposible disfrutar de las escasas aportaciones positivas que advertimos a Frank Miller detrás de las cámaras, y que nos puedan mostrar que en él hay un director de cine para un futuro próximo, como ese bello flashback que muestra al protagonista con su antiguo amor en su adolescencia (y que deviene en Sand Saref, el personaje de Eva Mendes). Pero ni siquiera un detalle así salva del más profundo de los infiernos a esta película, puesto que es imposible disfrutar de nada con la insistente y falsamente trascendente voz en off del personaje principal machacándonos los tímpanos durante toda la sesión, por si no fuera bastante con lo insufrible de las imágenes puestas en escena.
Resulta tan cierto como tópico que lo que para unos es una genialidad a otros nos puede resultar una soberana gilipollez (para muestra, el botón del otro Anderson, Wes, al que sólo se odia o se ama, y yo lo tengo muy claro), pero el caso de Thomas Anderson resulta bastante sangrante ya que nadie puede negar que Boogie Nights (1997) es una obra maestra, o que Magnolia (1999) es una de las películas más originales, mejor realizada e interpretada de la última década (sin mencionar su última y excelente obra, la monumental Pozos de ambición, 2007). ¿Cuál es, pues, la diferencia que hace que (mi parecer) denoste esta cuarta película del realizador norteamericano? simplemente la percepción de que lo que en la cinta coral que le lanzó a la fama era original, aquí es absurdo. Lo que hacía reír, aquí te hace arquear una ceja. Y lo que hacía llorar, aquí brilla por su ausencia dado que no existe la más mínima empatía con el personaje de (un aceptable) Adam Sandler, simplemente por que es imposible que exista un sujeto con semejante personalidad, a no ser en la cabeza de este, por otro lado, elegante e interesantísimo realizador llamado Paul Thomas Anderson.
P.D: Sí, ya sé. En Magnolia llovían ranas y no me quejo. Pero es que Punch Drunk Love no da lugar (al menos, a mi no me lo pareció) al simbolismo, ni a la metáfora. Es una estupidez que se mueve dentro de la realidad, surrealismo mal entendido, irritante. Eso sí, todo muy bien filmado (marca de la casa): algunos pasajes de puesta en escena son memorables. Pero es basura. No sé si me he explicado bien...
Desde hace unos años, el realizador francés Luc Besson (autor de producciones europeas tan comerciales-y entretenidas-como “El Quinto Elemento” (The Fifth Element,1997) o “León. El Profesional” (Leon, 1994) ha ido dejando de lado su labor como director para dedicarse a la producción, poniendo en marcha una catarata de películas tan simpáticas como intrascendentes, casi todas pertenecientes al género conocido como “cine de acción”, pero con un aire de serie B lúdica y sin pretensiones, de las cuales Besson suele escribir sus (simples y efectivos) guiones, dejándole las riendas de la dirección a otros artesanos más jóvenes como Louis Leterrier (En el caso de la saga Transporter y la excelente Danny The Dog) o el responsable de las dos simpáticas propuestas que nos ocupan, Pierre Morel.
Si bien casi todas estas producciones dan dinero a la productora de Besson (Europa Corp) alrededor de todo el mundo, dados sus ajustados presupuestos y sus agresivas campañas de publicidad, así como el hecho de estar-la mayoría-rodadas en inglés y con actores reconocibles para todo el público, ni en sus mejores sueños podría haberse imaginado el productor galo el espectacular éxito de “Venganza” (Taken, Pierre Morrel, 2008), que lleva recaudados más de 150 millones de dólares en todo el mundo, más de 80 de ellos en los Estados Unidos (sic), país que, curiosamente, está dejando de lado en la taquilla prácticamente todas sus producciones de éste género (recuerdo el estrepitoso fracaso hace un par de años de producciones tan recomendables como Hostage o Asalto al Distrito 13, aceptable remake del clásico de John Carpenter que luego volveré a mencionar). Y eso que la cinta, protagonizada por…¡Liam Neeson!, no ofrece, al menos en su premisa, nada que no hayan protagonizado ya elementos como Jean Claude Van Damme o Steven Seagal, veamos: Neeson es un agente del gobierno norteamericano cuya hija es secuestrada en París por una banda de traficantes de mujeres procedentes de Europa del este mientras se encuentra de vacaciones con una amiga, hecho que su padre aceptó a regañadientes. Durante el rapto, el personaje de Neeson se encuentra hablando con su hija por el móvil, que ésta deja encendido (sic), dándole las primeras pistas a su progenitor, que acude sin pensarlo a la capital francesa para rescatarla.
Resulta, bajo mi punto de vista, un esfuerzo un tanto inútil ponerse a reflexionar sobre el subtexto que yace en las acciones y el guión (bastante simple y tópico, aunque efectivo) del propio Besson, habida cuenta del carácter marcadamente lúdico y comercial de la propuesta, pero llama la atención la ambivalencia con la que los responsables tratan el género de la acción con un toque europeo: ¿Se trata de una crítica ante el intervencionismo norteamericano, representado por un agente que no tiene ningún tipo de pudor en ir a París y dedicarse a investigar, torturar y matar (a gente poco recomendable, eso sí) para recuperar a su hija, poniendo la ciudad patas arriba? ¿o es un simple ejercicio apologético reaccionario del ojo por ojo y un ataque a la permisividad con la inmigración y el delito de las democracias liberales europeas?. Por mi parte, es una extraña mezcla entre ambas cosas. Pero no me detengo ni un minuto a pensarlo, dado lo distraído del relato, la buena factura visual del producto y la reconfortante presencia del actor irlandés, con el que por cierto, más de uno quedará sorprendido al ver sus habilidades para las escenas de acción y la lucha cuerpo a cuerpo.
En cuanto a “Distrito 13” (Banlieue 13, Pierre Morrel,2004), voy a dejar claro antes de nada que, en mi opinión, está lejos, muy lejos, de ser una buena película. De hecho, algunos pasajes de guión y prácticamente el completo de las interpretaciones dejan bastante que desear. Sin embargo, y al contrario que en Venganza, el interés del film reside en su simpática (pero nada original, si escarbamos un poco) premisa argumental. En un futuro no muy lejano, París, dividida en distritos, cierra a cal y canto, con murallas y controles fronterizos (sic), el más peligroso de estos barrios, el distrito 13. Este dato constituye el primer guiño al cine de John Carpenter, en homenaje a “Asalto a la Comisaría del Distrito 13”( Assault on Precint 13, 1976). No obstante, el desarrollo de la cinta rinde culto, y, en ocasiones, directamente, plagia, a otra de las cintas más carismáticas de Carpenter: “1997, Rescate en Nueva York” (Escape from New York, 1981), en la que el gran Kurt Russell daba vida a Snake Plissken, un preso que era chantajeado por el gobierno para realizar una misión en una isla de Manhattan aislada y anárquica poblada por todo tipo de criminales y delincuentes era usada como prisión de máxima seguridad (sic). En la cinta de Morel, un policía de métodos más que expeditivos (Ciryl Raffaelli) pero exageradamente encariñado con la democracia (más ambivalencia ingenua, pero irónica) debe aliarse con un buscavidas del propio distrito aislado para recuperar una bomba nuclear en manos de los narcotraficantes que dominan la zona. Sin ánimo de destripar el final, qué decir que finalmente no todo es lo que parece y será el propio gobierno francés el que tenga mucho que decir con respecto al suceso en esa especie de cárcel para un millón de habitantes, donde al igual que en la cinta de Carpenter, reina el crimen y la anarquía.
Si a la gran habilidad para el combate del policía le sumamos que el personaje del habitante del distrito, pero de buen corazón e intenciones plausibles, que le acompaña está interpretado por el debutante David Belle, un tipo que inventó el Parkour, una especie de arte marcial acrobático ciertamente espectacular, el futuro espectador ya sabe por dónde van a ir los tiros en la cinta. Resulta obligado obviar el posible mensaje, expuesto con muy poco tacto y grandes dosis de demagogia (nada que ver con la sutileza de Carpenter, experto en colar en entretenimientos de género sus inquietudes políticas) y disfrutar con el fuerte de la cinta: las escenas de acción lucen más que bien y las habilidades de la pareja protagonista, especialmente las del saltarín Belle, son realmente espectaculares. El resto es tan intrascendente como olvidable.
Tras una fructífera etapa norteamericana con más luces (Robocop, Desafío total, Instinto Básico y esa maravilla cínica y tocapelotas llamada Starship troopers) que sombras (Showgirls, El hombre sin sombra, aunque a mi ésta me pareció simpática) el inclasificable (¿artesano? ¿autor? ¿importa eso?) Paul Verhoeven vuelve a su Holanda natal para realizar ésta espléndido relato ambientado en su país en la segunda guerra mundial, con una trepidante narración, un guión de acero y una nada maniquea visión de los personajes, mostrando un escenario en el que no todo es blanco ni negro, en el que ni todos los oficiales alemanes eran psicópatas sedientos de sangre (en serio, Spielberg) ni todos los miembros de la resistencia unos angelitos de la caridad, sino un abanico de grises que se van cruzando en los problemas de la increíble heroína interpretada de manera magistral por Carice van Houten. Un par de excesos marca de la casa (uno de ellos con heces humanas de por medio) privan de la perfección a una película que muchos críticos pedantes han declarado que te reconcilia con el cine. A los que no nos hemos peleado nunca con él también nos ha gustado.
Resulta extremadamente curioso (e interesante) la cuestión de los correos, posts y entradas de contenido político, pero en plan cutre, que van dando bandazos por internet y a los que una buena parte de la juventud más lamentable de la historia de este país se agarra para intentar demostrar que su intelecto es capaz de ir más allá de halagar las llantas de un coche. Hay muchos, miles, entre los que se encuentran los clásicos (reconoceréis) de boicot a productos catalanes, rigurosísimas demostraciones de que el grupo Eroski colabora con ETA, el árbol genealógico de Carod Rovira o la hija de Aznar enseñando las tetas y posando con Ikurriñas. No obstante el magistral ensayo que voy a analizar, con toda la mala leche posible, llega a unos niveles de ridiculez salchichera que da auténtica vergüenza ajena leerlo (situación similar a cuando apartas de la mirada de la tele en determinados momentos de programas como El Diario de Patricia o El Juego de Tu Vida). Quiero que quede claro que a mi no me importa que un facha escriba sus inquietudes y las comparta, de la misma manera que me es indiferente que el típico idealista de Ipod y viajes mensuales a Amsterdam suelte su basura hipócrita neo-hippie cada vez que le apetezca. Lo único que pido es un poco de rigor, gracia, o, en su defecto, atrevimiento, ninguno de los elementos presentes en el siguiente despropósito, que paso a analizar por párrafos (no he modificado ni una coma, veréis que el texto, además de ser basura, parece escrito por un alumno de primaria):
“Hace años, podíamos salir a las dos de la madrugada por las calles de nuestra ciudad, para dar un paseo o fumar un cigarro. Hace años, íbamos a por el pan, comprando el periódico por el camino, y tomándonos el café en el bar al que íbamos con más frecuencia, pagándolo todo con dos monedas.”
La cosa empieza divertida. Este primer párrafo nos empieza a meter en contexto para convencernos de lo mal que estamos recordando con nostalgia la tranquilidad de la España franquista. Vamos a ver. ¿Quién salía a dar un paseo o a fumarse un cigarro a las dos de la mañana entre 1940 y 1978? ¿El sereno? Ese hombre estaba trabajando, amigo. El resto del mundo a las once de la noche estaba frito en la cama. Luego resulta que antes, el notas iba a por el pan comprando el periódico por el camino en el quiosco de Cervan (el Abc o el Arriba, supongo) y a la vuelta se echaba un café. Todo con dos monedas. ¿De cuánto? No se sabe. Dos monedas, colega. Yo creo que ahora podemos hacer lo mismo con el mismo número de monedas. Se ve que el autor conoce perfectamente los hábitos matutinos del español medio. A todo el mundo le gusta el pan. Todo el mundo lee la prensa. Y por supuesto todo el mundo se toma, al volver, un café en el bar al que va con más frecuencia (no en otro, en el de la frecuencia, todos tenemos uno). Es importante comprar el periódico por el camino hacia el pan y en ningún otro momento, de lo contrario pondríamos en peligro la estabilidad del continuo espacio-tiempo franquista.
“Hace años, poníamos la tele en cualquier canal, y seguíamos un programa donde se hablaba con respeto sobre política, sobre cualquier cuestión culta, o sobre un programa de humor. Hace años, íbamos a comprar ropa donde María, al mesón de Paco, al todo a cien de Isabel, o tomábamos algo en el bar de Antonio.”
Tócate los cojones Mari Loli. En cualquier canal. ¿En Tve1? ¿o en el UHF?, o espera…ah, vale. No había ningún canal más. Las autonómicas nacieron pasados los 80 y las privadas comenzando la década de los 90. En los programas se hablaba con respeto sobre política o sobre cualquier cuestión culta o, mi parte favorita, “sobre un programa de humor” (sic). ¿Qué quieres decir, con esto, oh, sublime ensayista político, que se hacían programas para hablar de programas de humor? ¿Análisis de los chistes de Tip y Coll? Menos mal que después había mesa redonda sobre cualquier cuestión culta. Pero cualquiera, eh. Siempre que sea cuestión culta. Como el periódico que comprábamos con las dos monedas de los huevos. Sin embargo lo mejor de este sublime párrafo es lo hacíamos en lo que yo llamo “Las tiendas de tus amigos”. Este jambo se compraba la ropa “donde María”. Vete a saber la ropa que se compraba el escritor, hermano. Después de pillarse unos Levi´s y una camisa Rottweiller con la bandera de España en el cuello en lo de María, se comía un cochinillo en el mesón de Paco, que estaba allí esperándole. Después se pasaba por el todo a cien de Isabel (Apunte, los todo a cien nacieron más o menos en 1996) y se compraba una tele de plasma por lo menos, con 100 pesetas de la época. Finalmente, y antes de volver a casa a maltratar a su mujer, se tomaba un par de cubatas en el bar de Antonio, el que la tiene como un demonio.
“Hace años,...Hace años nuestra España era diferente. Hoy mismo, 12 de febrero de 2009,no podemos andar por las calles a la una de la madrugada, puesto que no sabemos quien nos va a atracar o apuñalar. Para comprar el pan, comprar el periódico, y tomar un café, tenemos que llevar 5 euros en el bolso, por si han vuelto a subir los precios y no nos llega. Ponemos la tele, y lo único que vemos es gente enriqueciéndose por vender su vida privada, y programas "llamados de humor", en los que la política mueve sus bromas pesadas y sus insultos. Vamos a comprar ropa a los "chinos", comemos en un "turco", los todo a cien son de los "asiáticos", y el bar de Antonio lo han comprado "sudamericanos".
En este pasaje se descubre la terrible realidad que nos asola. El autor demuestra aplastantemente porque no podemos andar por la calle a la una de la madrugada (debo reconocer que lo he hecho un par de veces, no obstante), ya que no sabemos quien nos va a apuñalar (sin motivo, por amor a la sangre) o atracar. Hay que llevar 5 euros (no especifica si en monedas o billetes) por las mañanas en el bolso (¿Llevas bolso, amigo?) porque de repente te dice el del quiosco o la panadería que han vuelto a subir los precios y te quedas con el culo al aire y con un bochorno delante del vecindario que ni te cuento. Qué asco de democracia. En los más de 70 canales que podemos ver, entre analógico, digital satélite y digital terrestre sólo echan, en todos, “La Noria” y los “llamados de humor”, en los que, atención a la frase del año, “la política mueve sus bromas pesadas y sus insultos” (sic, sic, sic). Y ahora lo mejor. Sólo nos queda comprarnos ropa en los chinos (la duda de porque este personaje entrecomilla las palabras chino, turco, asiáticos y sudamericanos como si fueran apodos me perseguirá hasta el fin de mis días). El caso es que los llamados “Chinos” son nuestros proveedores de ropa (el otro día estaba despachando Mao en la planta joven de El Corte Inglés, soltando chapas comunistas). Comemos en los llamados “Turcos”. Kebabs, imagino. Todos los días. Por eso van por ahí en limusinas estos que se hacen llamar “Turcos”, se han hecho con el monopolio de la comida. De hecho, El Txistu ahora se llama Doner Nemrut. Los “asiáticos” (da miedo sólo su nombre) se han hecho, en una operación letal y relámpago, con todos los “Todo a cien”, y un grupo que se hace llamar “sudamericanos”, que ha venido a España porque en Ecuador ya no sabían donde meter el dinero, le han comprado el bar a Antonio, que a pesar de todo la sigue teniendo como un demonio.
“Estamos cansados de ver como los verdaderos españoles, hundidos por la depresión en la que se encuentra España, se quedan sin trabajo, y se ven obligados a mendigar para poder llevarse algo a la boca. Mientras tanto, inmigrantes que no saben hacer "una o con un canuto", o sin papeles, ocupan los puestos de trabajo que deberían tener los españoles. Y el gobierno, en vez de solucionarlo, se rie en nuestra cara, al igual que la oposición y que todos los demás políticos. Estos políticos son como hienas, que esperan el mejor momento para poder quitarte lo tuyo, mientras llenan su panza. Esta hienas, están sembrando una semilla de odio y frustración en la pobación pura y, cuando la semilla germine, los corderos se volverán lobos, dirigidos por linces, que llevarán a la Madre Patria hacia el camino de la verdad, al grito unánime, fuerte y sincero, de Viva España Una.”
Trágico, sin duda. Los verdaderos españoles están hundidos por la depresión de la meseta que asola a España y están mendigando en masa. Me imagino que las limosnas se las darán los falsos españoles, porque si no el círculo no lo cerramos ni hoy ni mañana. Mientras, en el castillo de la serpiente, los inmigrantes o sin papeles, o ambos, no queda muy claro, planean ocupar los puestos de trabajo que tanto anhelamos. Ingenieros, médicos, arquitectos, abogados y jueces ven a diario como Wilson, Farid y Yun-tao les quitan el puesto sin haber hecho siquiera la carrera. Al “gobierno, oposición y demás políticos” (sic) eso le hace una gracia tremenda. A mi también, porque es la mayor gilipollez que he leído en mi puta vida. Son como hienas, pero unas hienas muy especiales, que “esperan al mejor momento para poder quitarte lo tuyo, mientras llenan su panza”. Qué gran verdad. El otro día, en Príncipe Pío, una hiena esperó al mejor momento para quitarme el mp3 mientras se comía el cadáver de una cebra. Luego se dedicó a sembrar semillas de odio en la población pura (¿de raza? ¿de bondad?) que se van a volver lobos, dirigidos por los 40 linces que quedan en España, 20 de ellos cojos. Eso significa que es muy posible que vuelva Franco y toda la peliculona en poco tiempo. Mientras tanto, mejor que vayamos a emborracharnos al bar de Antonio, quien, se confirma, tiene el cipote como un demonio.
Puede que esta novela que nos ocupa acabe siendo, en el conjunto de la obra de Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936), el mayor ajuste de cuentas político que haya realizado el autor, más allá de ensayos y artículos dedicados expresamente a ello. Mediante un sofisticado entramado narrativo, que cubre tres líneas temporales, Vargas Llosa nos adentra de manera fascinante en un pedazo de historia de la República Dominicana, mezclando realidad y ficción, y el objetivo no es otro que hacer un retrato de la dictadura de Rafael Leonidas Trujillo en el país caribeño (1930-1961), con la conspiración de asesinato a éste por parte de una facción del ejército y allegados como motor del relato. Pero esto es sólo la punta de iceberg.
La novela sigue tres líneas narrativas entrelazadas. La primera se refiere a una mujer, Urania Cabral, que está de vuelta en la República Dominicana, después de una larga ausencia en Nueva York (la presencia y sombra de los Estados Unidos de América en muchos pasajes del relato no es cuestión, ni mucho menos, baladí, a ello me referiré más adelante), para visitar a su padre enfermo, Cerebrito Cabral, durante años mano derecha del sanguinario dictador. La segunda historia se centra en el último día en la vida de Trujillo desde el momento en que se despierta en adelante, y nos muestra el círculo interno del régimen. Por último, un tercer prisma nos narra las circunstancias que rodean a los asesinos de Trujillo desde que comienzan a planear el atentado hasta que sufren las consecuencias de éste. La mayor virtud (formal) de la obra reside en la fluidez y ritmo que el escritor imprime a la novela, en ningún caso en detrimento del rigor y la minuciosidad con la que se describe cada pieza del engranaje del infame régimen, por lo que asistimos, como rara vez, a una perfecta fusión entre un vasto, vastísimo contenido en el texto (y subtexto) y una trepidante soltura narrativa.
Entrando en materia, la novela del escritor peruano va mucho más allá de describir en un formato falso documental (puesto que la familia Cabral, así como algunos otros personajes y situaciones del relato, es ficticia) los tejemanejes de la dictadura Dominicana. De hecho, da la sensación de que ésta es una elección como podría haber sido cualquier otra (Chile, sin ir más lejos) para reflejar el auténtico quid de la cuestión, la situación latinoamericana. Es ahí donde entran en escena las (sutiles) referencias a los Estados Unidos en la obra (como por ejemplo, el origen marine del senador Chirinos), en una época en la que el feroz anticomunismo hacía que el supuesto país de la libertad financiara golpes de estado y viera con ojos, cuando menos, complacientes, dictaduras como las de Trujillo, al tiempo que, en el nombre de la tan cacareada libertad, se provocaban innumerables tensiones con otros regímenes de corte Marxista, como el cubano. Sin embargo, Vargas Llosa tiene la virtud de no caer en el maniqueísmo de brocha gorda tanto al describir el régimen trujillista como reflexionando acerca de la situación en los países latinoamericanos y su relación con Norteamérica. Dicho de otro modo: no hay blancos ni negros en sus descripciones, sino un abanico de grises, que, con el esfuerzo del lector, pueden llegar a hacerle comprender cuál es la situación en la que se ven inmersos muchos de los países del nuevo continente (anterior y actualmente). Claro que también se analizan la naturaleza del poder, la corrupción, el papel del ejército en países inestables políticamente y numerosos factores sociales como el machismo y la sexualidad (muchas veces en elegantes simbolismos), pero es el pragmatismo pesimista, casi nihilista, de la denuncia de Vargas Llosa el que aleja a La fiesta del Chivo de tantos y tantos retratos reivindicativos impregnados de falso idealismo que nos han castigado las retinas a los sufridos lectores durante tantos años.
Como todos los años por estas fechas, nuestras carteleras se inundan de producciones con un cierto halo de prestigio gracias a los premios de la Academia Norteamericana, y, como todos los años, unas son grandes películas, otras nos dejan más bien indiferente y alguna que otra nos hace directamente cuestionarnos quién está detrás de todo este tinglado. Recordemos que cintas tan mediocres como “Titanic” (Ídem, James Cameron, 1997), “Una mente maravillosa” (A beautiful mind, Ron Howard, 2001) o “Crash” (Ídem, Paul Haggis, 2004) resultaron premiadas en anteriores ediciones, por lo que yo recomendaría coger con papel de fumar todo lo que salga de esta, eso sí, glamourosa (si es que eso significa algo) entrega de premios. Éstas son las obras que he tenido oportunidad de ver a día de hoy:
El curioso caso de Benjamin Button (The curious case of Benjamin Button, David Fincher): Quienes me conocen saben que David Fincher es uno de mis realizadores contemporáneos favoritos, y aunque uno no crea demasiado en estos premios, no puede dejar de ocultar un cierto deseo de que, al fin, su trabajo se vea recompensado. No obstante, se repite, en mi opinión, uno de los tics más odiosos de la academia: el de la compensación. Tanto “Zodiac” (Ídem, 2007) como “El club de la lucha” (Fight Club, 1999) e incluso “Seven” (Ídem, 1995) me parecen cintas más atractivas en la filmografía de Fincher, y fueron completamente ignoradas por el hecho de ser thrillers. Esto no quiere decir que “El curioso caso de Benjamin Button” no sea una gran película, ojo, es extraordinaria, especialmente a nivel visual, pero uno no deja de pensar que Fincher ha podido, en cierto modo, plegarse al manual de cine “oscarizable” que rezuma el guión de Eric Roth por los cuatro costados. En cualquier caso, la película es un prodigio técnico, la mejor dirigida de las que aquí se van a comentar, y a pesar de sus casi tres horas de duración nunca se hace pesada puesto que notas que cada secuencia, cada plano, tiene su razón de ser en esta maravillosa historia que habla de cómo el amor, la vida, la muerte y el paso del tiempo condicionan nuestra existencia. La algo monótona interpretación de Brad Pitt (gran actor, bajo mi punto de vista) puede ser otro de sus puntos flacos, pero de cualquier forma, es una obra imprescindible.
Mi nombre es Harvey Milk (Milk, Gus Van Sant): Es sabido que el irregular cineasta Gus Van Sant tiene dos vertientes bien diferenciadas, la comercial (“El indomable Will Hunting”, Good Will Hunting, 1997) y la, digamos, experimental (“Gerry”, 2002). Lo interesante de “Mi nombre es Harvey Milk", además de las portentosas interpretaciones del excelente elenco de actores, es que por primera vez podemos ver como el cineasta norteamericano trata de combinar esas dos vertientes en una sóla película, intentando ofrecer un sólido producto que pueda interesar tanto al gran público como a los cinéfilos más exigentes (e histéricos). Lamentablemente, pese a que utilice una puesta en escena de lo más curiosa y ,en cierto modo, arriesgada (nada que ver con el tratamiento rutinario que utilizó en “El indomable Will Hunting”, un (tele)film convencional y efectista en toda regla), en esta ocasión es el guión el que repasa todo los lugares comunes habidos y por haber de esta clase de biopics que tanto gustan a la academia, por lo que uno no deja de sentirse decepcionado con el resultado, bastante más previsible y vulgar de lo que nos sugieren sus imágenes.

Slumdog Millionaire (Ídem, Danny Boyle y Loveleen Tandam): En mi opinión, la bacalá del año. No podía dejar de extrañarme que un cineasta tan irregular, efectista y manipulador como el británico Danny Boyle hubiera ofrecido, por fin, algo al menos sólido, a tenor de los miles de elogios que está recibiendo esta cinta por todo el mundo. De hecho, es la favorita para ganar el premio a mejor película (sic). Pues bien, pese a no ser un cero absoluto, ni mucho menos (el guión tiene posibilidades y los actores no están nada mal, y la estructura narrativa, a base de flashbacks, se integra bien en la propuesta) Danny Boyle ha vuelto a hacer una película irregular, efectista y manipuladora, donde cada plano pretende ser el mejor jamás filmado, cada secuencia pretende impactar lo jamás impactado, y los personajes secundarios van cambiando de actitud como Boyle de encuadre, cada tres segundos. No es nada nuevo, puesto que ya le ocurrió lo mismo en sus aproximaciones al cine social (Trainsspotting, 1996), la cinta de aventuras (“La Playa”, The Beach, 2000), la ciencia ficción (Sunshine, 2007) o el cine de terror ( “28 días después”, 28 days later, 2002), todas ellas propuestas interesantes sobre el papel que acababan descarrilando por culpa de los desvaríos en el guión (curiosamente, siempre en el tercer y último acto) y el sensacionalismo visual de un realizador cuyo ego está tirando al traste su carrera en el cine, por muchos Oscars que gane.
El Luchador (The Wrestler, Darren Aronofsky): Puede que el interesantísimo realizador Darren Aronofsky haya alcanzado la madurez narrativa que todos deseábamos tras ver sus anteriores propuestas: la interesante Pi (Ídem, 1998), la fascinante “Requiem por un sueño” (Requiem for a dream, 2000) y la fallida pero no del todo desdeñable “La fuente de la vida” (The Fountain, 2006). Si la cinta con Jared Leto y Jennifer Connelly era hasta la fecha su mejor obra, quedaba un tanto lastrada por una cierta aparatosidad a la hora de narrar. Eso ha cambiado en “El luchador”, una película que si bien no cuenta nada nuevo (Gloria pasada, posterior fracaso e intento de redención vital y familiar en un contexto deportivo) pone tanta fuerza en sus imágenes e interpretaciones- especialmente de la de un monumental Mickey Rourke- que no podemos hacer otra cosa que quedar fascinados con ella. La banda sonora del sublime Clint Massell, fiel compositor de todas las películas de Aronofsky, al contrario que en las anteriores cintas, contenida e íntima, termina por redondear el resultado de esta brillante propuesta.
La Duda (Doubt, John Patrick Shanley): Basada en el texto teatral del propio realizador, ésta es su segunda incursión en el cine tras la ya lejana comedia “Joe contra el volcán” (Joe vs the volcano, 1990). Con un guión de hierro, inteligente y reflexivo más que expositivo, y unas interpretaciones (de Meryl Streep, Phillip Seymour Hoffman y una excelente Amy Adams) monumentales como puntos fuertes, “La duda” es una más que recomendable opción, aunque para mi gusto se echa en falta algo más de garra e inventiva en su funcional y correcta puesta en escena, apartado en el que su realizador decidió no correr riesgos, por lo que puede que para alguna parte del público, entre la que me encuentro, el resultado acabe siendo un tanto teatral, demasiado para aquellos que esperamos que una historia, sea cual sea y venga de donde venga, se adapte al medio en el que va a ser expuesta, y no al contrario. En cualquier caso, una agradable sorpresa.
El desafío: Frost contra Nixon (Frost/Nixon, Ron Howard): Para el que suscribe, la gran sorpresa de la temporada. Y es que uno no esperaba nada aprovechable de la adaptación del excelente texto teatral que narra las entrevistas entre elperiodista británico David Frost y el ex presidente de los Estados Unidos Richard Nixon por parte del mediocre realizador Ron Howard, del que ni siquiera sus cintas más reputadas ( “Apolo XIII”, 1995, la ya citada “Una mente maravillosa”) me parecen nada del otro mundo. Pues bien, “Frost/Nixon” es una brillante traslación de la trepidante obra de teatro al cine, con inteligentes y necesarios aportes (como las declaraciones en formato falso documental de sus protagonistas secundarios) y unos actores, sencillamente, en estado de gracia (desde Michael Sheen y Frank Langella, que repiten sus papeles de la obra, hasta los excelentes Oliver Platt y Sam Rockwell como asistentes del periodista). Un personaje femenino algo desdibujado no evita que esta película sea un imprescindible documento político y periodístico debidamente dramatizado, de visión obligada para todos aquellos que, bien quieran conocer un pedazo de historia norteamericana, o bien estén interesados en el mundo del periodismo y la política. Muy recomendable.
Se me quedan en el tintero ( a falta de haberlas visto): "Revolutionary Road" (Sam Mendes), "The reader" (Stephen Daldry), ambas con nominación para Kate Winslet, y "The visitor" (Thomas McCarthy), con nominación al mejor actor para el excelente Richard Jenkins, entre otras. Con respecto a "El Caballero Oscuro" (The Dark Knight, Cristopher Nolan), ver la anterior entrada "20 films de acción del cine norteamericano moderno".
Cuanto más se enriquece y matiza, con hechos y declaraciones, la supuesta trama de espionaje en el Partido Popular de Madrid, más se da uno cuenta de que hace bastante tiempo que el único enemigo de la derecha democrática española está dentro de ella, por más que el Partido Socialista se empeñe en revivirla con sus desatinos cuando ella solita se está suicidando ante los electores. Es una situación que bien podría pertenecer al slapstick cómico del cine mudo de los años 20, con uno de los personajes intentando suicidarse sin éxito y el otro ayudándole involuntariamente a recuperarse cuando le conviene lo contrario, y letreros explicándonos lo que acontece. Dice Esperanza Aguirre estar segura de que la recientemente creada Comisión de Investigación para el caso no va a hallar responsabilidades políticas en el caso, lo cual nos lleva a pensar en dos opciones: o realmente desconoce lo ocurrido o lo tiene todo muy bien atado. Claro que eso mismo se pudo decir de Felipe González con el GAL hace 17 años, y al final todos sabemos que ni lo uno ni lo otro, por más que se empeñe en lo primero (ah, la ignorancia). Mariano Rajoy, que no sabe ya en quien confiar, sobre todo después de los desprecios de Aznar en aquella reciente Asamblea del Partido, opta por la prudencia y la incredulidad, dejando claro que, en caso de que hubiera existido, la trama de espionaje le parecería “bochornosa”y “lamentable”, se haga con dinero público o sin él. Hombre, con dinero público, además de bochornosa y lamentable, es una chorizada, Don Mariano. Mientras tanto, Tomás Gómez, secretario general del PSM, ha denunciado el "espectáculo lamentable" de ver a Mariano Rajoy y a María Dolores de Cospedal "dar carpetazo" a su investigación interna y ha dicho que esta actitud convierte a este partido en "sospechoso" por "no querer arrojar luz ni que se conozca la verdad".
En Ferraz opinan que la actitud de los dos dirigentes populares, el nacional y la madrileña, huele a pacto de no agresión que asusta, pero se muestran moderadamente contentos con la creación de la Comisión de Investigación. Ésta sería una buena oportunidad de echar a la derecha a los leones de cara a las elecciones vascas y gallegas de no ser porque ellos también tienen que cargar con las consecuencias de los excesos, económicos y verbales, de algunos de sus componentes. No ayuda a mejorar la situación que cada día salgan nuevas cifras (realmente astronómicas) sobre las “necesarias reformas”(sic) que se hacían en el despachito del Presidente de La Xunta, Emilio Pérez Touriño. Dos millones de euros parece que se gastó la Administración Gallega en la reforma del cubículo del Presidente, cifra que haría palidecer al gasto que debía hacer Richard Pryor en un día para cobrar la totalidad de su herencia en la famosa comedia de los 80 El gran despilfarro, de Walter Hill. Así, mientras Solbes bate récords de apatía tragicómica en sus escasas intervenciones, el ejecutivo de Zapatero ha puesto para entretenernos en tiempos de crisis al pobre Miguel Sebastián, que nos recomienda utilizar únicamente productos españoles en nuestro trabajo y ocio y advierte de que al Gobierno se le está acabando la paciencia con los bancos, como si éstos, con la sartén, el mango y el aceite desde hace mucho tiempo, fueran culpables novedosos.
Si al cine español (dos palabras contradictorias) le diera por hacer películas políticas emulando al Soderbergh de Traffic o al Stephen Gaghan de Syriana, encontraría mucho material para un film de historias cruzadas sólo con la rutina interna de los dos grandes partidos. De hecho, con lo relatado hasta ahora, muy poquito, tendríamos al menos para una trilogía con sus extras para la edición en DVD y todo. A cambio, nos sigue distrayendo de la realidad política y económica que vivimos con grandes entretenimientos sobre el Opus o la Guerra Civil, éste último un tema ante el que sinceramente ya estamos insensibilizados con tanta peliculita denunciando un execrable fascismo vivido que ya no existe salvo en pequeños e insignificantes reductos, como el que nos recuerda Antena 3 con un reciente telefilm sobre el golpe de estado de Tejero, un tipo que en Estados Unidos hubiera sido ejecutado y que en España está cultivando berenjenas en Fuengirola. No me extraña que ocurran cosas como el robo de un Goya por parte de un crítico de cine en paro (sic) en protesta por la baja calidad del cine patrio. El propio ladrón dejó el objeto que tomó prestado en las dependencias del diario El Mundo, que ya le ha patrocinado la rajada. Seguro que a Berlanga, tan nombrado y homenajeado en la siempre insufrible gala, este episodio le hubiera servido para trazar de una forma sutil y parabólica cualquiera de los problemas que hoy vivimos de la misma manera que retrató el franquismo en sus películas, eludiendo la censura a base de talento.
A todo esto, hay un nuevo dirigente en Izquierda Unida, después del huracán Llamazares. ¿Alguien sabe de él?. Debe andar liado. Trabajo tiene, desde luego, pero no sabemos aún que postura va a tomar en torno al gobierno el otrora partido de Julio Anguita, uno de los pocos comunistas sensatos de la historia de España. Cayo Lara es el nombre de la persona que tiene como difícil empresa reconstruir lo que ha destruido el peor dirigente de la historia de la coalición, o al menos establecer una alternativa digna a la socialdemocracia progre de buenas intenciones y dudosos resultados.
Luz y taquígrafos, ha pedido la Presidenta de la Comunidad de Madrid para esclarecer la trama destapada en su gobierno. Bien podría ser el título del tan ansiado thriller político, crítico y nihilista, que esperamos. Mientras, nos tendremos que conformar con salir destrozados del cine por culpa de una niña que quería amar en vida y no ser beata en la muerte. Luz y taquígrafos, pido yo también. Para todos.
Hablar de evolución en la obra de Bret Easton Ellis tras leer Lunar Park (2006, Mondadori) como se ha escrito por ahí, es una afirmación, al menos, inexacta, puesto que no se debe calificar el cambio de registro genérico o la variación del tiempo narrativo como algo natural en el progreso de la trayectoria literaria del novelista estadounidense. La historia, con el propio Ellis como protagonista, comienza como la habitual sátira social del escritor angelino para devenir en un drama psicológico con tintes fantásticos/terroríficos que acaba por copiar literalmente todos los tics narrativos y argumentales del peor Stephen King. Todo ello tras un (hilarante, hipertrofiado, sublime) prólogo en el que se nos narra los excesos de fama, alcohol y drogas del autor cuando saltó al estrellato gracias a sus dos primeras novelas, la excelente Menos que cero (1985, Anagrama) y la mítica, aunque sobrevalorada, American Psycho (1991).
Pero dejando de lado su brillante comienzo (lo mejor de su obra junto a casi la totalidad de su mejor novela, Glamourama, 1998), Lunar Park no termina de funcionar como el ejercicio de exorcismo personal pretendido por parte del novelista, mostrándose éste errático, inseguro y extremadamente ingenuo, rozando el ridículo, a la hora de introducir elementos terroríficos en su novela. Resultan mucho más convincentes (e inquietantes) los pasajes familiares y narcóticos del protagonista, mucho más cercanos al habitual estilo del enfant terrible de la literatura norteamericana y, estos sí, moviéndose en los términos que habían caracterizado sus anteriores novelas, incluido el habitual carácter hipócrita, falso y sociópata de su protagonista principal. Utilizando claros simbolismos, Ellis evoca la figura de su padre (con el que tuvo una muy difícil relación, pero con el que guarda grandes similitudes respecto al alcoholismo) y se atreve incluso a incluir en la trama a Patrick Bateman, protagonista de American Psycho, personaje de ficción que le superó en la realidad, ambos elementos (realidad y ficción) mezclados en el libro de manera irregular. Por supuesto, lo analizado en la obra es lo mismo de siempre: el fracaso de un modelo social, la imposibilidad de encontrar la felicidad y el materialismo llevado hasta el paroxismo de sus personajes siguen siendo algunas de las inquietudes del autor de Las leyes de la atracción.
Formalmente, Easton Ellis ha optado por una narración mucho menos elaborada y descriptiva, más trepidante, y diálogos menos desequilibrados, más normales, que los que podemos leer en cualquiera de su caústicas obras anteriores, lo cual puede decepcionar a aquellos que admiran del novelista americano no sólo su irreverencia temática sino su pretendidamente caótico ritmo narrativo. Al final, Lunar Park termina por funcionar mejor como interesante ejercicio metanarrativo que como una mezcla de géneros con tintes autobiográficos en la cual el autor se muestra extremadamente irregular. Dos términos, interesante e irregular, que definen perfectamente tanto el libro que nos ocupa como la obra completa de este curioso personaje que es Bret Easton Ellis.
Al que suscribe se le revuelven las tripas al ver como este subproducto extremadamente conservador y falsamente melodramático de estética televisiva y guión que podría haber firmado perfectamente el fundador de cualquiera de las sectas derivadas del cristianismo goza del prestigio del público (¡7,0 en Filmaffinity!) e incluso de cierta parte de la crítica. Veamos: un chaval de lo más malote con chupa de cuero (Shane West, imitando a John Rhys Meyers imitando a John Travolta) se siente atraído de repente por el patito feo del instituto, una estrecha ultrareligiosa y borde (Mandy Moore, con ropa de Mayoral y peinado chungo para que no nos demos cuenta de sus voluminosos encantos...vamos...que la niña está como un tren) hija de un reverendo/cura/pastor (perdónenme el descuido) de la sect...Iglesia Baptista, interpretado por...¡Peter Coyote!,que sin duda debe estar pasando hambre en esta etapa de su vida (y eso que no hace mucho aparecía en esa maravilla de Brian de Palma titulada Femme Fatale). A todos los tópicos posibles del subgénero teen, a la rutinaria y televisiva puesta en escena y a las patéticas interpretaciones añádanle el giro final más previsible de este tipo de ejercicios a la búsqueda de la lagrimita fácil y la sensiblería más efectista y manipuladora posible. Esto, y Daryl Hannah apareciendo por ahí sin mucho sentido, es Un paseo para recordar. Vomitiva.
Debo confesarlo: soy un fanático del cine de acción (no necesariamente bueno). Así como hay fans del fantástico y terror que se tragan cualquier cosa con monstruos,fantasmas o ingentes dosis de hemoglobina, a mí siempre me ha perdido éste género (subgénero para otros), del que nunca renegaré (a pesar de que estamos muy lejos de la calidad que había en los 80 y principios de los 90) porque es en él dónde se encuentran la mayoría de las obras con las que crecí y que me empujaron a ser un amante del cine hoy en día. Así que he realizado una pequeña selección de películas, ordenadas de menor a mayor calidad en base a mi humilde criterio, que considero fundamentales en los últimos 25 años de cine adrenalítico norteamericano. Son éstas:
20. Álerta Máxima (Under Siege, Andrew Davis, 1992): Podría calificarse sin dudarlo como la mejor de las películas protagonizadas por Steven Seagal, icono del cine de acción noventero de bajo presupuesto y uno de los peores actores de la historia del cine. Deudora de "Jungla de cristal" (ver en este mismo reportaje, pero mucho,muchísimo más abajo) en gran parte de su argumento y en numerosos recursos de puesta en escena, se muestra por encima de la media gracias a la labor del eficaz Andrew Davis ( que inmediatamente después rodaría su mejor película, la famosa "El fugitivo", The fugitive, 1993) tras las cámaras y a la participación de un pasadísimo de rosca Tommy Lee Jones, que forma junto al inefable Gary Busey una de las parejas de villanos más estrambóticas de las últimas décadas. Hay quien la define como "La jungla en un barco" (sic), con lo que Bruce Willis no debe estar demasiado contento...conoció una secuela en la que sólo repetía el propio Seagal, la olvidable "Alerta Máxima 2" (Under Siege 2:Dark Territory, Geoff Murphy, 1995).
19. La Roca (The Rock, Michael Bay,1996): Segunda y mejor obra del criticado realizador favorito del productor Jerry Bruckheimer. Estando lejos de ser una gran película, a esta entretenidísima cinta no se le puede negar su capacidad para divertir al personal, con excelentes escenas de acción, un trepidante pulso narrativo y un Ed Harris monumental como (casi) villano de la función. Lo peor, lo que más tarde se acentuaría aún más en la filmografía de Bay (un realizador, e mi entender, mejor y más inteligente de lo que se dice por ahí): fallos tontos de guión, un patriotismo maniqueo y repelente y un montaje algo videoclipero y alocado. Pero como entretenimiento popular, conozco a poca gente que se haya sentido decepcionada con esta divertida propuesta. No quiero olvidarme de los 20 minutos de actuación que nos regala Michael Biehn, el otrora actor fetiche de James Cameron al que es un placer volver a ver en una cinta de estas características.
18. Operación Reno (Reindeer Games, John Frankenheimer, 2000): El testamento cinematográfico de un maestro como Frankenheimer acabó siendo una cinta más mediocre que brillante, en mi opinión con más culpa para el tramposo guión de Ehgen Kruger que por la propia puesta en escena del famoso realizador. La lamentable interpretación de Ben Affleck y el histrionismo de Gary Sinise no terminan de tirar por la borda una película que atesora un puñado de buenos momentos marca de la casa (el tiroteo en el casino, la pelea inicial en la cárcel), y en el que se nota el pulso y la tensión narrativa impuesta por uno de los maestros de esto del thriller. Una segunda visión, lejos de resaltar sus numerosos defectos, pone de relieve sus escasas pero valiosas virtudes.
17. Máximo Riesgo (Cliffhanger, Renny Harlin, 1993): Junto a "Alerta Roja: La Jungla 2" (Die Hard 2, 1990), la mejor aproximación al género del hoy denostado realizador finlandés Renny Harlin, tristemente famoso por arruinar a la mítica compañía Carolco de Mario Kassar y Andrew Vajna con su desastrosa "La Isla de las Cabezas Cortadas" (Cuttroath Island, 1995). El entonces taquillero Stallone, en un papel que le vino como anillo al dedo, protagonizaba una trepidante cinta de aventuras que no escatima en grandes dosis de violencia (esa pelea en la cueva en la que acaba ajusticiando a uno de los secuaces del villano...!atravesándolo en una estalactita!) y que cuenta con un sensacional prólogo que se sitúa sin ningún problema entre lo mejor de la filmografía del rocoso actor norteamericano. John Lithgow, además, se lo pasa pipa como malo malísimo de la función.
16. El Último Boy Scout (The Last Boy Scout, Tony Scott, 1991): Debo confesar que, como película, puede que esta cinta sea sin duda la peor de todas las que se comentan en esta lista. Pero nadie, y menos yo, ha dicho que el componente sentimental no forme parte de todo este chiringuito. El Último Boy Scout es efectista, videoclipera, previsible, reaccionaria y deudora de la saga "Arma Letal" (a la cual echaréis de menos en esta lista, y es que nunca me han llegado al alma, qué le vamos a hacer...). Pero también es divertida, violenta y espectacular, y tiene cómo protagonista al mejor antihéroe jamás interpretado por Willis, un Joe Hallembeck facha, alcohólico y fumador compulsivo cuyos chascarrillos aún quiero soltar en conversaciones reales mientras me fumo un pitillo, y de cuya actitud John Mctiernan tomó buena nota para su McClane de "Jungla de Cristal, La Venganza" (Die Hard with a Vengeance, 1995). Fue el guión mejor pagado de la historia del cine hasta que llegó el de "Instinto Básico" (Basic Instinct, Paul Verhoeven, 1992). ¿Tony Scott? al contrario que su hermano, ha mejorado con los años, desde luego.
15. Speed: Máxima Potencia (Speed, Jan de Bont, 1994): Uno de los mayores pelotazos de taquilla del género en la década de los 90, esta entretenidísima cinta lanzó al estrellato a Keanu Reeves y Sandra Bullock (quien repetiría en la desastrosa secuela) y supuso el debut en la dirección del director de fotografía de "La Jungla de Cristal" (ver abajo, bastante más abajo), Jan de Bont, cuya filmografía, tras comenzar dignamente, ha evolucionado hacia lo vomitivo. Al menos aquí se limita a facturar dignamente un distraído e inverosímil thriller que puede provocar muchas cosas pero no aburrimiento. Un buen plantel de secundarios como Jeff Daniels, Joe Morton y Dennis Hopper en el papel de villano terrorista elevan la calidad de la función.
14. León: El profesional (Leon, Luc Besson, 1994): A pesar de ser una producción francesa, la incluyo en la lista por varias razones: su reparto, mayoritariamente anglosajón, a excepción del francés de origen andaluz Jean Reno; el hecho de estar ambientada en Norteamérica y, finalmente, la concepción absolutamente americana que tiene Luc Besson del thriller de acción (si eso es bueno o malo, lo decide cada uno), al igual que se ha visto en sus aproximaciones a la ciencia ficción ("El Quinto Elemento", The fifth element, 1997) o a la superproducción histórica ("Juana de Arco", The Messenger: The Story of Joan of Arc, 1999). en las que no se ocultaba por parte del cineasta galo la intención de competir en espectacularidad y recursos con las grandes propuestas taquilleras provenientes de Hollywood. Pese a que, en mi opinión, están mejor conseguidos los momentos dramáticos que los de acción pura- en los que Besson no huye de efectismos- y al tremendo show interpretativo-para mal- del inefable Gary Oldman, "León: El profesional" deja un buen sabor de boca en su conjunto, en parte gracias a las actuaciones del propio Reno y de una jovencísima Natalie Portman, amén del siempre efectivo Danny Aiello, y al sólido ritmo impuesto por el propio cineasta francés.
13. Mentiras Arriesgadas (True Lies, James Cameron, 1994): Entre dos obras mayores, Cameron se permitió el lujo de rodar esta divertidísima (y carísima) comedia de acción que parodiaba tanto el cine de espías como las propias películas de acción típicas de la época, basando gran parte de la sátira en la hipertrofia de los efectos especiales y secuencias espectaculares que inundan la puesta en escena. De todas formas, y a pesar de los muchos y divertidos guiños y puyitas ("Me he casado con Rambo", dice una espléndida Jamie Lee Curtis tras ver como su marido elimina de una forma hilarante a todo un escuadrón de terroristas islámicos) se nota que el fuerte de Cameron está en el espectáculo, siendo todas las excelentes escenas de acción lo mejor de la película. El magistral cameo de Charlton Heston como jefe de nuestro héroe termina de rematar la inteligente jugada.
12. Black Rain (Ídem, Ridley Scott, 1989): Seguro que después de visionar su tópica "Red de mentiras" (Body of lies, Ridley Scott, 2008) mucha gente dejará de tachar como convencional esta espléndida cinta de acción, primera (y más acertada) incursión del realizador en el policíaco,que cuenta, además, con un gran trabajo interpretativo y de puesta en escena,y lo mejor de todo: una gran ambientación, con Tokyo como un escenario amenazante con vida propia. Lo peor, ese tonto y demagogo final en el que Scott intenta desmarcarse, ya desde la pelea final, de otros directores de actioners, con ese plano sin sentido de la estaca en la que el espectador intuye que va a acabar ensartado el villano, para finalmente ver como en el corazón del personaje de Michael Douglas ha triunfado el respeto a la legalidad sobre la venganza, entregando en comisaría al asesino vivito y coleando... 
11. Negociador (The Negotiator, F. Gary Gray, 1998): Una muy agradable sorpresa la que dió este joven director afroamericano con este excelente thriller, cuyo inteligentísimo guión-aunque algo convencional en su desenlace-es puesto en escena con un vigor inusitado en un producto de estas características. Sin efectismos ni artificios, el espectador queda atrapado en una trama excelentemente interpretada tanto por Jackson como por Spacey, a los que se unieron un grupo de espléndidos actores de carácter como secundarios,entre los que destacan Paul Giamatti y el fallecido J.T Walsh,en su último papel en el cine. Muy buena.
10. Misión imposible (Mission:Impossible, Brian de Palma, 1995): Primera y mejor de las aventuras del intrépido Ethan Hunt a cargo del maestro Brian de Palma, cuya valía para el entretenimiento comercial queda fuera de toda duda. Elegante, espectacular y divertida, puede que el irregular guión de David Koepp se complicara en algunos momentos sin ninguna necesidad, pero eso no le resta valor como thriller inteligente y lleno de secuencias resueltas de manera muy ingeniosa, algunas de las cuales forman ya parte importante de la historia del cine popular. Ha conocido, hasta el momento, dos secuelas, la hilarante (no se me ocurre otra manera de calificarla) "M:I 2" (John Woo, 2000) y la correcta, aunque algo insípida, "Misión Imposible III" (Mission: Impossible III, J.J Abrams, 2006).
9. Spy Game, Juego de espías (Spy Game, Tony Scott, 2001): Sin lugar a dudas, la mejor película del hermano pequeño de Ridley Scott, un vibrante thriller que va mucho más allá de juntar a Redford y a Pitt en una misma película. Puede que la pareja protagonista sea lo mejor de la función, pero la enérgica dirección de Scott y el dinámico montaje también aportan su granito de arena en uno de los primeros ejemplos que se me ocurrirían si alguien me preguntara qué es lo que tengo entendido como un "entretenimiento de calidad". Pues un thriller tan entretenido, bien facturado e interpretado como éste.
8. Día de entrenamiento (Training Day, Antoine Fuqua, 2001): No es que sea un carrusel de set pieces de acción, pero lo cierto es que tenemos ante nosotros un intenso policíaco cuyo fuerte está, para variar, en el espléndido guión escrito por David Ayer, especialista en retratar junglas urbanas, de cuya puesta en escena se encarga el irregular, en esta ocasión con pulso firme, Antoine Fuqua, responsable de la no tan afortunada "Shooter, el tirador" (Shooter, 2008). De cualquier forma, nada hubiera sido de esta excelente película sin las magistrales actuaciones de Denzel Washington,cuyo personaje queda definido por la mejor frase oída en años: "King Kong es una mierda comparado conmigo" (sic),y su sufrido discípulo Ethan Hawke, una suerte de Serpico del siglo XXI.
7. Robocop (Ídem, Paul Verhoeven, 1987): Obviamente, el bueno de Paul Verhoeven no podía faltar en una lista de estas características. Con un gran talento para el espectáculo, el cineasta holandés se distingue de muchos de sus colegas por las ingentes cantidades de mala leche- en el sentido que nos gusta- que destilan sus películas más comerciales, cargando de la ironía sangrante que le caracteriza una espectacular propuesta a caballo entre el policíaco y la ciencia ficción distópica, en la que el crimen es el cáncer irreversible de la sociedad y la deshumanización del colectivo es la tónica predominante, como desvela la magistral secuencia en la que un ejecutivo muere a manos de un prototipo de robot policía en una prueba, circunstancia que es tomada por el resto de los presentes como un contratiempo cotidiano...
6. Ronin (Ídem, John Frankenheimer, 1998): Bajo mi punto de vista, obra mayor en la filmografía de Frankenheimer, con un reparto sublime(A Jean Reno y Robert de Niro se les unen los siempre excelentes Sean Bean, Stellan Skaarsgard y Jonathan Pryce) y una primera media hora sencillamente de escuela de cine. No obstante, al guión- ojo - de David Mamet le cuesta mantener el nivel durante sus casi dos horas de duración, y al igual que ocurría en la interesante "Snake Eyes" (Ídem, Brian de Palma, 1998), estrenada el mismo año, el rigor y la coherencia van dejando paso a una serie de artificios y golpes de efecto que acaban desequilibrando la eficacia del conjunto.
5. Terminator 2: El Juicio Final (Terminator 2: Judgment Day, James Cameron, 1991): El top 5 son palabras mayores. Años después del moderado éxito de "Terminator" (Ídem, James Cameron, 1984), y animado por el culto que adquirió la película con el paso de los años, James Cameron consiguió reunir un presupuesto desorbitado (100 millones de 1991) para continuar y mejorar su anterior propuesta, una jugada no exenta de riesgo que le salió que ni pintada. Beneficios aparte (rompió las taquillas de todo el mundo) el resultado fue espectacular y superior en todo- salvo en la premisa, derivada de la cinta original - a la primera entrega. Efectos especiales que marcaron un punto de inflexión, escenas de acción excelentes y un villano sencillamente memorable al servicio de una historia que yo, a mis 12 añitos, sentí que habían escrito para mí. La mejor película de James Cameron.
4. Depredador (Predator, John McTiernan, 1987): Al igual que en la anterior propuesta, la acción de este extremadamente entretenido relato vuelve a combinarse con motivos puramente fantásticos, en esta ocasión un prácticamente indestructible alienígena que obliga a Arnie a emplearse a fondo en unos escenarios selváticos excelentemente aprovechados por McTiernan, aunque el mejor ejemplo de planificación y montaje sea el que vemos en la única secuencia en la que no está presente el bicho, la magistral misión llevada a cabo por nuestro (anti)héroe y su comando al comienzo de la película. Sinceramente, no veo por ninguna parte el efectismo del que se acusa a esta película, aunque seguramente se lo haya leído a gente que nunca ha tenido- ni obviamente, a estas alturas, tendrá - el más mínimo respeto por una filmografía de género tan poderosa e inteligente como la de John McTiernan. Conoció una secuela que sí que era efectista, aunque no del todo desdeñable, "Depredador 2" (Predator 2, Stephen Hopkins, 1990) con Danny Glover sustituyendo a Schwarzenegger.
3. El Caballero Oscuro (The Dark Knight, Christopher Nolan, 2008): Si en las dos cintas comentadas anteriormente el género pasaba por los filtros de la ciencia ficción y el fantástico, respectivamente, en esta ocasión es el subgénero de superhéroes el que se fusiona con la acción, por más que finalmente acabe resultando un brillante drama policíaco en el que las espectaculares set pieces de acción están perfectamente ubicadas en la trama. Secuela superior de la notable "Batman Begins" (Ídem, Christopher Nolan, 2005), la cinta de Nolan demuestra que calidad y comercialidad pueden ir perfectamente de la mano poniendo talento (y dinero, mucho dinero) sobre la mesa. Cuando uno, pesimista por naturaleza, piensa que no va a volver a ser feliz en una sala de cine, llega esta obra maestra del entretenimiento y le recuerda que, en el cine, todo es posible. Incluso que todo el mundo se dé cuenta de que "Heat" (ver abajo, más abajo) es ya una referencia para todos los nuevos talentos del séptimo arte.
2. Collateral (Ídem, Michael Mann, 2004): Si he de ser sincero, Collateral fue la película que, en cierto modo,me reconocilió con Michael Mann. No es que no me gustaran sus aproximaciones al cine, digamos, oscarizable- de hecho, El Dilema (The Insider, 1999), me parece una gran película, no tanto Ali (Ídem, 2001) cuyas escenas por separado tenían fuerza pero en conjunto se me antojó pesada -pero, como aficionado al thriller de género, sentía que estaba tirando por la borda su talento en empresas que no le concernían. Sin embargo, tras ver esta maravilla comprendí que para Mann no es tan importante el género como lo es su mayor inquietud: el profesionalismo, la individualidad y el pragmatismo que desprende de sus personajes, de sus historias, su cine es el mismo que él emplea en su trabajo. Y es por eso por lo que seguramente aceptó dirigir un guión ajeno-raro en él- escrito por el chico que se inventó la simpática adaptación al cine de una atracción de DisneyWorld, "Piratas del Caribe: La Maldición de la Perla Negra" (Pirates of the Caribbean, The Curse of the Black Pearl, Gore Verbinsky, 2003), porque se enamoró de un personaje, el superasesino Vincent (nunca ha volado tan alto Tom Cruise) que suponía el siguiente paso en la definición de sus obsesiones, un nuevo capítulo para explicar porqué hacían lo que hacían Vincent Hannah, Neil McCauley, Cassius Clay, Lowell Bergman o el mismísimo Sonny Crocket. Porque no saben hacer otra cosa para ganarse la vida. Aparte de eso, es la película mejor planificada, filmada y montada de Mann, una poesía visual de dos horas a la que se le perdonan sin problemas algunos pasajes de guión cogidos con alfileres.
1. Jungla de Cristal (Die Hard, John McTiernan, 1988): Si cuando me muera, dejara encargado que pusieran en mi tumba este cartel con la frase "Con ella empezó todo", nadie se extrañaría. Es difícil explicar lo que siento cada vez que veo, una y otra vez en video, dvd o numerosas reposiciones televisivas esta maravilla que me hizo amar al cine cuando sólo era un niño y no me enteraba de la mitad de las excelencias que contiene su guión y su brillante puesta en escena. Planeada en un principio como secuela de "Commando" (Ídem, Mark L. Lester, 1985)- cinta que no hubiera entrado en la lista ni aunque ésta hubiera sido de 50 películas- parece ser que la renuncia de Schwarzenegger fue lo que posibilitó que se replanteara el proyecto y se diera el protagonismo a Bruce Willis, conocido por aquel entonces por su protagonismo en la famosa teleserie "Luz de Luna". Al contrario que su personaje en la película, eso fue estar en el momento preciso y en el lugar exacto, puesto que, como todos sabemos, Willis fue directo al estrellato, y a nosotros nos quedó una divertidísima, inteligente y trepidante cinta de acción con toques humorísticos que aún no ha sido superada en su terreno, quedando como fuente de numerosas imitaciones en barcos ("Alerta Máxima", ver arriba, bastante más arriba), aviones ("Air Force One", Wolfgang Petersen, 1997), e incluso estadios de hockey ("Sudden Death", Peter Hyams, 1995). Ha conocido,hasta el momento, tres secuelas: "La Jungla 2: Alerta Roja", espectacular y entretenida, si bien Harlin no es McTiernan y el efecto sorpresa ya no existía; "Jungla de Cristal: La Venganza", con un memorable Samuel L. Jackson como compañero accidental de McClane contra el terrorista Jeremy Irons y finalmente, la reciente "La Jungla 4.0" (Live free or die hard, Len Wiseman, 2007), una aceptable cinta de acción pero en la que el espíritu de la saga brilló por su ausencia.
0. Heat (Ídem, Michael Mann, 1995): La madre de todos los thrillers policíacos del cine contemporáneo norteamericano (y mundial) y la obra maestra absoluta de Michael Mann. El impacto de ver en la misma película a dos genios como De Niro y Pacino dura lo que tardas en entrar en la compleja trama, con un trabajadísimo guión en el que todos los personajes y diálogos tienen su razón de ser, o lo que es lo mismo, 10 minutos, el tiempo que tardamos en ver a la banda de Neil McCauley (De Niro) asaltar un furgón blindado en una secuencia memorable que da paso a otra, y a otra, y a otra...y así se te pasan tres horas en lo que hora y media de la mayoría del cine actual, notando una perfecta introspección de todos y cada uno de los personajes principales, preocupándote por cómo encajarán en el mismo puzzle todas las subtramas, y maravillándote con el mejor tiroteo de la historia del cine. Mis temores eran fundados. Sabía que a mitad del párrafo, abandonaría la escritura para irme a verla por enésima vez. Un abrazo a todos.
Aprovecho el título de una simpática película teen protagonizada en 1998 por el malogrado Heath Ledger y Julia Stiles para ofrecer 10 razones por las que no debe seguir Javier Aguirre en el banquillo de nuestro amado Atlético de Madrid:
1. Por no haber enseñado a defender a un equipo en dos años y medio.
2. Por rechazar fichajes de mediapuntas, inflando a extremos la plantilla y partiendo el once inicial en dos.
3. Por sus problemas con Maniche, que obligaron a éste a irse a Italia el año pasado en diciembre, lo que nos costó sacar en la segunda vuelta la mitad de puntos que en la primera.
4. Por sus ataques de cobardía en partidos clave, como sacar de inicio a cuatro mediocentros ante el Real Madrid este mismo año (1-2, Vicente Calderón).
5. Por su menosprecio a jugadores canteranos como Camacho, de los que únicamente se acuerda en situaciones límite.
6. Por su constante mala educación en el terreno de juego, que le ha costado ya numerosas expulsiones y sanciones incluso de la UEFA.
7. Por mantener a jugadores como Pernía, Heitinga o Luis García en las convocatorias a pesar de que restan más que suman, jornada tras jornada.
8. Por encajar las dos goleadas más sonrojantes de la historia reciente del club en un espacio de dos años (0-6, Vicente Calderón, temporada 2006-2007, 6-1, Camp Nou, temporada 2008-2009).
9. Por no ser capaz de plantear partidos dignos contra los equipos grandes, los cuales nos derrotan con una pasmosa facilidad.
10. Porque, definitiva y sinceramente, no jugamos una mierda y nunca lo hemos hecho desde que está él.
11. (Bonus) Por no aprovechar la que es, sin duda, la mejor dupla de delanteros de Europa (Agüero y Forlán).
Basta de oportunidades que se le han negado a entrenadores que lo hicieron mejor con plantillas ridículas (Gregorio Manzano, Pepe Murcia). Basta de tomarnos el pelo con un equipo que no sabe ni con qué sistema juega. Basta de espantar a los buenos jugadores que tenemos al sentir que son los únicos que sacan las castañas del fuego. Ya basta de ir por el mundo como un equipo mediocre. Desde el respeto, yo le ruego, Don Javier Agüirre Onandia: Abandone el banquillo del Club Atlético de Madrid S.A.D, por favor.
Preparado para una noche de fiesta, el auténtico se maquea delante del espejo, tarro de giorgi en mano, pantalones hasta el ombligo, polo o camisa de los días importantes y correa marrón a juego con los zapatos de madera. En otro tiempo hubiera ido a caballo por las principales calles de Madrid, en esta época se tiene que conformar con el carrazo que su papi le prometió al sacarse el graduado escolar, ardua tarea. El auténtico nació en Andalucía pero reniega de ella salvo para lo que es básicamente su vida: llamar la atención. Habla rápido, especialmente de temas tan trascendentales como el madrid o su película favorita, "The fast and the furious", fuerza el acento por que lo necesita, o piensa, o supone, que va a hacer gracia a las personas que hablan castellano.
Y la verdad es que lo consigue, ya que a quien desconoce la identidad de los pueblos les suele hacer gracia el trazo grueso, el cliché, el humor moranquil y despreciable de quienes no han recibido la educación suficiente como para poder ofrecer un solo comentario elaborado. El auténtico rechaza caladas de porros por que es droga y se bebe 12 copas en tres horas, lo que provoca que se sienta en su salsa. Comienza su show. Espídico, nervioso, elabora un sentido juego de piernas, palmea (de una manera más bien arrítmica) para que la gente vea de donde viene y tararea todas las horteradas de Siempre así, La raya real e incluso de Manolo Escobar si se trata de una buena ración de "que viva España". Suelta ese timbre de voz característico de a quien no le pasaban la pelota en el colegio por pesao, por brasas, por paleto y por escupir cada dos minutos.
Pero el auténtico liga, eh. El se busca sus habichuelas entre las incautas que valoran el "arte"- como ha degenerado esta palabra- y la "gracia"-anda que ésta-, así como lo interesantísimo que tiene que ofrecer una persona cuya meta en la vida es "ganá billetito". Se las busca entre las que ofrecen un nivel similar o inferior-como las ofertas del telepizza- y que dentro de 10 años tendrán una vida consistente en fregar platos gracias a juntarse con semejantes mandriles. Lamentablemente la noche, como todo, se acaba, pero el auténtico señorito andaluz se puede ir contento. Ha cumplido con el tópico para su regocijo y nuestra vergüenza.
Amado u odiado por la crítica, es difícil establecer un término medio para clasificar al cineasta Darren Aronofsky, autor de la interesante Pi y la fallida aunque visualmente fascinante La fuente de la vida, además de esta que nos ocupa, para mí su mejor obra hasta la fecha.Tachada, no sin cierta razón, de aparatosa y efectista, cuando ése es uno de sus objetivos a la hora de sumergir al espectador en la turbulencia interna de sus personajes a través de una desquiciante puesta en escena, Réquiem por un sueño es una de esas obras que adquieren status de culto nada más realizarse, y acaba viendo elevado hasta la cima su nivel como película gracias a la fascinante banda sonora de Clint Massell, ahora usada para anunciar desde partidos de fútbol hasta documentales sobre terrorismo, e imitada vergonzosamente en algunos capítulos de esa infamia televisiva llamada Sin tetas no hay paraíso.
Uno desconocía antes de ver esta desmitificación tanto del western como género cinematográfico como del personaje de Jesse James la trayectoria de su realizador, Andrew Dominik, como director de segunda unidad de varias de las películas del gran Terence Mallick ("La delgada línea roja", "El nuevo mundo"), aunque si había visto su ópera prima como realizador, la interesantísima "Chopper". Lo cierto es que el tratamiento tanto visual como narrativo de esta buena película, a ratos excelente, se acerca más al estilo letárgico y preciosista de Mallick que al de la pequeña cinta australiana protagonizada por Eric Bana. Sin embargo, sorteando el defecto más popular de su maestro, Dominik presta tanta atención al preciosismo visual (algunos planos son sencillamente imperecederos en la memoria del espectador) como a la narración fluida de un relato, excelentemente interpretado por un Casey Affleck, auténtico protagonista de la película, que roba todas y cada una de las escenas que comparte con Brad Pitt, lo cual tiene su mérito dado que éste también realiza una gran interpretación (tampoco convendría olvidarse de Sam Rockwell como Charlie Ford, probablemente el mejor trabajo de su carrera). El principal defecto que priva a esta cinta de ser la obra maestra que podría haber sido es una media hora final prácticamente innecesaria, salvo para estirar el ya perfectamente definido personaje de Robert Ford, pero eso no le resta valor como auténtico ejercicio de western desmitificador, una suerte de antítesis del estilo pomposo y efectista de Sergio Leone que guarda al menos media docena de secuencias realmente memorables.